Llévatelo, viento de agua (II)

Cuba, Cubanos, Gobierno, COVID-19, Decreto-Ley 370
(Foto archivo/AFP)

LA HABANA, Cuba.- El pueblo de Cuba vive grandes escaseces, pero las que más apremian son la alimentación y la medicina, un verdadero dolor de cabeza en el día a día de los cubanos, que agota y reduce al mínimo las expectativas de una vida futura mejor.

Y aunque el cansancio se incrementa, todavía no ha llegado al extremo para que los cubanos exijan sus derechos —arrebatados por la dictadura— de una vida lo más digna posible. De las menciones de Fidel Castro, en su alegato La Historia me Absolverá, al derecho de una alacena de comida y una vivienda honrosa no se habla, eso pasó al olvido, como la figura representada por “La Piedra”.

Se puede decir que el régimen tiene la habilidad de convertir a la víctima, que en este caso es el pueblo de Cuba, en victimario. Le culpan de muchas cosas que en realidad son responsabilidad de los que mal gobiernan; por ejemplo, los problemas de la basura en la calle dicen que son por indisciplina social, cuando lo cierto es que si la recogieran más a menudo no pasaría esto.

También molestan a todo el mundo con la fumigación para eliminar el Aedes aegypti, cuando tienen lugares cerrados llenos de focos de estos mosquitos y calles con baches llenos de agua. Sin embargo, aseguran que los ciudadanos no se preocupan por este problema en sus casas y los reprimen poniéndoles multas.

Lo más difícil de entender es cómo el Estado es capaz de atravesar el tejido social y termina alentando sentimientos negativos como el odio y el rencor. Ataca y acusa a los demás mostrándose intolerante y vulnerando de forma continua los derechos de los ciudadanos en sus propias personas.

¿Y cómo logran esto? Desacreditan los argumentos que se puedan tener —incluso los internacionales— con respecto a la conducta totalitaria con la que se gobierna y la constante violación de los derechos humanos. Y lo hacen siempre igual, descalificando a los países, a las organizaciones e incluso a los individuos.

De esto conocen muy bien los disidentes en Cuba, de los cuales, cuando lo creen necesario, hablan horrores en los medios de prensa; los desprestigian de forma malintencionada y siempre los califican de mercenarios, terroristas, vende patrias, y una larga lista de etcéteras. Y lo más difícil de entender es que, a pesar de la fama que tiene la dictadura y la extensa historia de difamaciones que han cultivado, hay todavía algunos cubanos que creen esto.

Incluso, a 61 años de haber tomado el poder, como buen papagayo Miguel Díaz-Canel repite en la actualidad, una y otra vez al final de sus discursos, Patria o Muerte. Algo que a estas alturas se puede interpretar como la patria que han tenido que abandonar casi 3 millones de cubanos en busca de mejores medios de vida, y la muerte que han alcanzado muchos otros dentro de la isla sin saber lo que significa el bienestar. Para puntualizarlo más aún, sin haberse comido un bistec, unos camarones enchilados o una cola de langosta, por solo hablar de cosas difíciles.

Si es triste decirlo, es peor pensar en esos soñadores que nunca llegaron a alcanzar sus objetivos, y dentro de los más deseados está un techo donde vivir.

Y qué han dejado de herencia al pueblo cubano y a las nuevas generaciones: ¿el hombre nuevo del Che? Podríamos decir que sí, considerando que es el “vago de la remesa”, fabricado a partir de la ayuda —llena de sacrificios— que le manda cada mes su familia del extranjero, la mayoría desde Estados Unidos de América, y que utiliza para no trabajar y para no crear bienes o servicios para la sociedad.

A este “vago de la remesa” lo podemos ver en horas laborables en las esquinas, jugando dominó y tomando ron. También algunos se dedican a invertir el dinero en mercancías y venderlas a sobreprecio; cosa que en cualquier otra sociedad no sería criticable, pero aquí se convierte en un delito económico, que los podría llevar a prisión —por hasta cuatro años— por previsión de que puede cometer algún delito.

Esta nueva clase vive de forma diferente, puede comprar en las tiendas en CUC, e incluso en las de MLC, y muchos de ellos, gracias a las visitas de sus familiares a Cuba tienen comodidades en casa aunque la vivienda no esté en óptimas condiciones: televisor pantalla plana, microondas, batidora, olla arrocera, teléfono celular, etc., cosas que deberían poder tener todos los trabajadores del país que no pueden soñar con ello por los miserables salarios que reciben.

Si algo necesita el pueblo de Cuba es que “el viento de agua” se lleve a este régimen dictatorial que no permite avanzar y que está destruyendo día a día la energía de los cubanos, es como si absorbiera la esperanza, la capacidad de crear y lo más difícil, el deseo de vivir.

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