Lo ilegal que se respira

Una vez alcanzado mi metro sesenta y cinco de estatura, y después de entender que hasta ahí llegaría, entendí también que existen lugares que prefiero no visitar. Por suerte, nunca han sido de asistencia obligada, pero a veces depende de la dirección hacia la que te conduce la vida.

He logrado evitar las iglesias con éxito. Al pisar la losa de mármol blanco siento cómo me invade el juicio por mis pecados. Siento que nadie me quiere ahí, ni Dios, ni las figuras de las madres con bebés que sufren el privilegio de la divinidad, ni los señores con barbas y heridas. Nadie, no soy digna. No lo soy en ningún sentido. Ellos saben que yo sé que ellos saben que mi espiritualidad no supera el yeso que llevan dentro.

Por otro lado, no puedo decir que haya tenido el mismo poder de decisión con los llamados organismos oficiales y sus oficinas, salitas, tugurios. Es entrar y sentir, otra vez, no lo evidente de mi sangre pecaminosa, no. Se evidencia aquí, cuando piso las losas de granito o cerámica, la ilegalidad que corre por mis venas. Las sillas plásticas, o los bancos de madera, los archivadores de metal, el termo con café encima de la mesa de la recepcionista que nunca está, los cuadros ladeados de Fidel Castro trasnochado o de la sonrisa de Camilo.

Las personas que esperan ser atendidas en oficina de vivienda de la Habana Vieja, que antes era un policlínico, aún parecen padecer alguna especie de dolor.

—¿Quién es Roberto Arcos Ruiz, propietario de la vivienda ubicada en Aguacate 512? —me pregunta la sub-directora de vivienda de la Habana Vieja, una mujer que, al igual que yo, puede encontrar la felicidad en un masa real, aunque se le pegue al cielo de la boca.

Me repite la pregunta, porque yo me he quedado viendo cómo disfruta el pegote de harina en el paladar, y porque tampoco sé qué se supone deba responder. Tengo la sensación de que, como en un interrogatorio, mientras menos hable, mejor saldré de esta.

—Niña, ¿dónde está, está muerto? —insiste, luego de darse un buche y enjuagarse la boca. Yo me desinflo y lo suelto todo.

Roberto Arcos Ruiz, propietario del apto de Aguacate 512, era el padrastro de mi ex novio. El señor se había ido en una lancha, lo que lo convertía en un fantasma para el sistema. Mi ex novio, el único conviviente registrado en la dirección, también se había ido, pero de manera legal y definitiva del país. Yo, y mi cuerpo ilegal, habíamos pretendido corromper, burlar las leyes del organismo de vivienda y quedarnos con el departamento.

—Pero muchacha, ¿quién te mandó a salir de esa casa? ¿Tú eres boba? —me dice la subdirectora de vivienda.

¿Quién? Sí, esta señora, mientras devora su masarreal, me pregunta quiénes. Y es justo en ese momento que paso de la opresión y la culpa por mi situación ilegales a sentir un fuego adentro, y quiero sacar un machete y rajar al medio todo lo que está frente a mí. Su cabeza, el masarreal, la foto de Fidel bajo el cristal de su escritorio. Pero solo me queda responder.

—Ustedes. Ustedes me mandaron una inspectora que me acosó y no me dejó en paz hasta que por último me entregó una notificación con la advertencia de desalojo en 72 horas. Y bueno, yo me fui.

Así fue, yo me fui. Obediente como siempre. Me dijeron que, si no salía, la policía me sacaría. Me dijeron que esperara mi trámite fuera de la propiedad. Y yo obedecí, con la cabeza baja, sabiendo que mi trámite, mi deseo, mi respiración era ilegal.

Una semana antes había sucedido lo siguiente.

Son las ocho de la noche y entra una llamada a mi celular. Es Pili, mi vecina del fondo, quien la última vez me llamó para ofrecerme un trabajo de puta. Yo me negué gentilmente, pero ella insistió tanto, que ahora mismo me resultaba tedioso responderle la llamada. Amanece. Otra vez Pili. Le contesto.

—Alguien se metió en tu casa. Un muchacho. Rompió la cerradura anoche y se metió.

Me tiembla el dedo con el que aprieto el botón de colgar. Es como si se hubieran esfumado los huesos de mi cuerpo. Sensación de inercia, de levitar sobre lo que creías eran certezas. ¿Qué hago, a quién aviso para que me acompañe? A nadie, me metí sola en esto. Agarro mi bolso y salgo temblorosa hacia lo desconocido.

Trece cuadras hay entre la casa de mis padres y el departamento ahora ocupado por un desconocido. Trece ideas, sobre trece preguntas, sobre trece posibles escenarios, sobre trece posibles desenlaces. ¿Qué vas a hacer, Olivia? Tú sobreviviste tres años en ese lugar, y tu padre pagó 300 CUC a un abogado estafador, aunque finalmente seas tan ilegal como el ilegal.

Subo las escaleras como si me acompañaran caballos salvajes. Todo está dentro de mi pecho. El edificio está desierto, ni una puerta vecina abierta. El 116 es la primera casa del pasillo. ¿Busco a Pili? No, Olivia, mejor anda tú sola.

La puerta, descascarada a tres colores como la dejé, tiene un hueco en la cerradura. ¿La empujo? No, toco primero. A mis rodillas se las comen las hormigas. Solo sé que es un muchacho, pero ¿cómo será? ¿Será alto, grande? ¿Será que puede golpearme? Nadie sabe que estoy aquí. Empujo la puerta. Veo el yale en medio de la sala, abro un poco más, trago en seco y hago un esfuerzo porque mi voz salga clara.

¡Hola! El espacio en litigio es tan pequeño que desde el umbral de la puerta puedes saber cuándo estás sola en el departamento. Avanzo y me encuentro con un maletín que evidentemente pertenece al ocupa. En el tubo de la cortina del baño hay un calzoncillo y un par de medias. La imagen termina de hervirme la piel. Él ya se siente cómodo, en esta, que es mi casa. Es mi casa, lo repito como mantra mientras recojo con la punta de la uña sus prendas íntimas, un pullover y unos zapatos, los meto en su maletín, y lo saco al pasillo del edificio. Agarro el yale, y cierro la puerta que ya no cierra de ninguna manera. La propiedad ya no es propia de nadie y solo pertenece al que permanezca dentro de ella por más tiempo.

Pongo el yale roto en el mostrador de cemento de la estación de Policía de Dragones. Me atiende uno, se acerca otro. Tres oficiales me informan que ellos no están autorizados para desalojar a nadie. Que la policía no se mete en cuestiones de vivienda, salvo que tengan una orden judicial.

En ese momento bajo por la calle Muralla con la ilusión de que me atropelle el camión que ahora cruza la roja y acabe aquí la historia. El llanto se enreda en las cuerdas vocales y no sale y se me va a los pulmones. Me acuerdo de la inspectora de vivienda, que ahora sé que me mintió cuando meses antes amenazó con sacarme de mi casa con la policía. Mi casa cada vez menos mía.

Regreso. El intruso vuelve. Recoge su maletín que le tiré al pasillo y entra al departamento. Otra vez, ¿a quién llamo? A nadie, tú te metiste sola en esto. Entro también.

Ahí está él. Pero él no es un muchacho, es un niño alto, flacucho, que no debe llegar a los 18 años. Y en su mirada la calma del que, aun teniendo la vida por delante, ya se sabe con nada que perder.

¿Qué debo decirle? Algo había practicado en el camino y me olvidé. Tengo que romper este silencio.

—Tú sabes que no puedes estar aquí.

Me descubro repitiendo las palabras que la inspectora de vivienda me dijo a mí. Me detesto.

—¿Quién lo dice?

Miento y digo que yo soy la dueña y le exijo que salga antes de que llame a la policía.

—Tu carnet de identidad. Si eres la dueña, enséñame tu carnet.

Intento decirle que no tiene derecho a pedirme nada. Me interrumpe, como si fuera mi papá. Presiento que he perdido antes de empezar. La discusión, el espacio, mi casa.

—Tú no eres la dueña de esto. Llámame a la policía si quieres. Yo de aquí no salgo.

Me irrita su tono, me irrita su certeza, su elocuencia. Es un muchachito y sabe mejor que yo lo que quiere y lo que tiene que hacer. No pareciera que todo le tiembla, como a mí. Alzo el tono de voz. Acudo a lo más bajo, quiero gritar, quiero que haga el intento siquiera de alzarme la voz y de preferencia que me golpee. Así podré buscar ayuda.

—Mira, no te alteres —me dice mientras se sienta en un banquito, lo único que dejé cuando salí—. Yo entiendo lo que tú dices, yo sé que tú no eres la dueña, y también sé que tú vivías aquí antes. Pero yo no tengo a dónde ir, yo soy huérfano. Mi mamá se murió hace unos años y vivía con mi hermana. Entré en la beca, y ahora que salí mi hermana se echó un marido que la preñó y me botó de la casa. Y en los centros de acogida ya no quepo porque ya tengo más de 16 años. No me aceptan. Llámame a quién tú quieras, yo no salgo de aquí.

Lo que pasó después no merece ser contado. Porque no pasó nada. No recuerdo siquiera cómo salí de ahí. Me fui o quizá desaparecí un poco.

Pudiera contar que me compré la cerradura más cara y segura que encontré, y que la llevé en mi bolso por semanas con la idea fija de entrar otra vez al departamento y pagar a un cerrajero y encerrarme dentro y ganar el espacio. Pudiera contar que no lo hice, que el mundo a mi alrededor me rogó para que no lo hiciera. Pero nada de estas cosas realmente importan.

Cualquiera hubiera negado mil veces lo que ese muchacho de brazos flacos me contó, cualquiera hubiera optado por pagarle a alguien para que lo sacara a golpes de ahí, que es la única manera en que se resuelven estos casos en mi barrio. Pero yo soy alguien con un terrible defecto, y tiene que ver con reconocer el miedo del otro y el mío como uno mismo.

Escuché no solo sus palabras. Escuché su estómago con hambre, sus lágrimas secas de rabia del día anterior, la rigidez de sus hombros desencajados, su mirada bajo las pestañas enredadas. Poco le importaba que yo le creyera o no su historia, alguien le dio una luz, seguramente la misma persona que me la había quitado a mí, y a eso él se aferraba. A ese vacío, que puede ser un espacio bajo un techo, que puede ser lo legal de lo ilegal.

Yo había perdido pedazos del cuerpo antes de llegar al momento en que nos cruzamos. Él también. Sentí que dentro del sistema tan excluyente y abusivo había un trozo de esperanza para aquel niño. Pensé que ambos teníamos el mismo derecho sobre la casa. Lo necesitábamos los dos. Consideré quedarme, a ver quién desistía primero. Tan diferentes, y bajo un techo que no nos quiere y nos asfixia lentamente, obligándonos a beber de la humedad de las paredes, ya inmóviles, fundidos al yeso con hongos, floreciendo como cristales de sal.

La subdirectora de Vivienda de la Habana Vieja me mira con pena y sonríe. Disfruta el último saborcito de su masarreal. Por la ventana de la oficina polvorienta entra la brisa que anuncia que la tarde se va y que me hinca los sentidos, porque trae el olor del café viejo, del alcohol en la tinta del cuño burocrático. 

—Perdiste prenda al salir de ahí. No tenías que haber hecho caso. Nadie, salvo el mismísimo propietario que ahora está en el yuma, podía sacarte legalmente del lugar.

—Y el muchacho que está ahí, ¿qué va a pasar con él? —me decido a preguntar antes de salir.

—Nadie sabe qué hacer con él, el pobre. Lo pelotean de un lado a otro. Lo va a coger el servicio militar más tarde o temprano, eso es lo más seguro.

La subdirectora de Vivienda de la Habana Vieja no puede ayudarme. Tampoco al muchacho. Su figura formal es tan rígida que solo puede moverse dentro de la misma ilegalidad que su cargo condena. Algo importante he perdido tras este encuentro. Algo que no podría nombrar, algo que quizá nunca tuve.

Salgo del lugar, organismo de la nada que encierra lo absurdo y despreciable en un papel sucio con círculos de café. Una firma, entre las migajas de un masarreal, se te enreda entre los pasos y te manda de culo hacia el asfalto. A ver si así empiezas a entender que, entre el polvo y tú, el sistema no discrimina. Somos el mismo tipo de deshecho, que se barre y se bota.

Supongo que en momentos como este alguien te manda una señal y te ilumina el camino hacia lo divino y una se refugia ahí. Lo pienso seriamente, me veo debajo de las figuras y el silencio de la iglesia de las Mercedes. Al menos allí puedo sentarme en una banca a pensar sin que aparezca alguien a proponerme puros, buena música y diversión.

Camino un poco más rápido, como encontrando finalmente un sentido. Compro una botella de ron Cienfuegos. Llamaré a Claudia y después del segundo vaso cantaremos «una gata bajo la lluvia».

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