«Lo que todos sabemos». Historia inconclusa de dos migrantes cubanas

El 20 de marzo de 2020, casi dos meses después de haber llegado a Ciudad de México atravesando varias fronteras centroamericanas por puntos ciegos y no tan ciegos, M. estaba desesperada porque no encontraba trabajo. Solo empresas fantasmas que jugaban con su dinero.

—¿No me ves los ojos hinchados de llorar? —dice ese día. En sus ojos grandes, una mezcla de cansancio y frustración.

M., mulata clara, de 31 años y boca pronunciada, proveniente de Pinar del Río, era una de las dos migrantes cubanas sentadas frente a mí en un Starbucks del centro de la CDMX. A la otra, de 29 años, rubia y mucho más baja de estatura, oriunda de Cienfuegos, la llamaremos E. Ambas son parte de los 14 mil 441 cubanos que solo entre 2019 y 2020 pidieron asilo en México —cantidad solo superada por los solicitantes de Honduras—, bien para establecerse en el país, bien para seguir camino hasta la frontera estadounidense. Ninguna de las dos estaba dispuesta entonces a hacer público su nombre completo (solo la inicial). Recién empezaban los trámites, y no querían quemar sus identidades.

Ambas decidieron salir de Cuba a finales de 2019, después de varios años trabajando en hospitales: M. en roles administrativos, E. como fisiatra. Lo hicieron primero en Cuba y luego en Venezuela, donde se conocieron como parte de las misiones médicas que la isla mantiene en el país sudamericano desde 2002. Después de regresar, intentaron reintegrarse en sus viejos puestos; M. incluso probó como dependienta en un restaurante privado. Pero ambas terminaron hartándose de aquello y buscando a toda costa una forma de migrar.

—Por la situación económica que tiene Cuba, tú sabes —me dice M.—. Los cubanos migramos más por eso que por otra cosa. Además de lo que todos sabemos, claro.

Le pregunté qué era «lo que todos sabemos», y me devolvió una de esas miradas entre irónicas y socarronas que parecen decir: «Ay, no te hagas, que lo que se sabe no se pregunta». Entendí que no iba a responder y la verdad es que tampoco quise que se sintiera incómoda. Siempre tengo la impresión de que la situación de Cuba es el tipo de cosas sobre las que muchas personas no están dispuestas a hablar francamente a la primera, ni siquiera estando ya fuera del país, y menos con un extraño. Si hubiésemos tenido otro encuentro seguramente habría insistido a ver si tenía suerte; pero no lo hubo. Igual, no se preocupen.

El punto es que, una vez decididas a dar el paso, fue solo que E. tomase su móvil para que todo echase a andar.

—Llamé a un amigo mío, que también es médico y está en la frontera, y le dije: «Oye, la cosa está difícil. Si me quedo aquí voy a gastar todo el dinero de la misión y no voy a hacer nada. Dime cómo hago para irme para allá». Y él me explicó, me dio el contacto y me dijo: «Esta es la vía». El resto es historia.

En efecto: un avión, un largo trayecto después, y ahora estaban aquí, en México, empezando a reinventarse. Cuando nos vimos, E. ya había encontrado trabajo en un consultorio de la Colonia Obrera, y no le iba tan mal. Es lo bueno de ser médico, supongo: que nunca sobran. M., no. Apenas salía de las redes de una empresa fantasma y ya estaba entrando en otra. En la última le habían prometido un puesto de «consultora administrativa» que en realidad vino a ser de vendedora de perfumes falsos. Por eso la cara de angustia aquel día en el Starbucks.

—Es que esto yo no lo concibo. Seguro dijeron: «Esta es una migrante necesitada, loca por trabajar, que no tiene dinero; métele que esta es la perfecta». Y yo ahí, con más fe que el Papa.

—Todavía no lo supera —me susurra E. medio en broma.

—Pero te digo una cosa: yo de esta voy a salir. Si yo pude con lo de Venezuela. Yo estaré pasando trabajo ahora, pero de que salgo, salgo.

***

Ahora lo cuentan fácil pero fueron más de dos semanas de incertidumbre en un viaje tras bambalinas de más dos mil kilómetros. El éxodo de M. y E. empezó por Nicaragua, no solo porque es uno de los pocos lugares cuya visa es relativamente fácil de conseguir para los cubanos, sino también porque es el punto de partida de las operaciones de La Contacto, como llamaremos a la coyote guatemalteca encargada de que el amigo médico de E. hubiese cruzado a salvo Centroamérica.

—Ella trabaja desde Nicaragua hasta aquí, hasta México —explica M.—. O, mejor dicho, tiene personas que le trabajan desde Nicaragua hasta México.

Si la industria del tráfico de migrantes se ha consolidado hasta amasar más de seis mil 750 millones de dólares anuales, es precisamente gracias a lo laberíntico y anónimo de su entramado. La sucursal de La Contacto no es diferente. El 14 de enero de 2020, cuando M. y E. aterrizaron en el Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino, en Managua, uno de sus hombres ya las esperaba en las afueras de la terminal. Después de una breve presentación, el hombre las montó en su auto y arrancó en dirección a su casa, donde pasarían esa noche. Un par de horas más tarde, cuando las líneas más o menos modernas de Managua ya se habían diluido en el paisaje interior nicaragüense, llegaron a Somotillo, un municipio humilde y deslucido del norte del país ubicado a unos seis kilómetros de El Guasaule, uno de los principales puntos fronterizos que conecta Nicaragua con Honduras.

El plan era que M. y E. cruzaran la frontera durante la madrugada siguiente pero un imprevisto hizo que todo se detuviese. El mismo día de su llegada, pero 409 kilómetros más al norte, en pleno territorio hondureño, más de mil personas habían empezado a congregarse desde temprano en las inmediaciones de la Gran Central Metropolitana de San Pedro Sula con el objetivo de partir hacia los Estados Unidos. Se cocinaba la primera caravana centroamericana del año y La Contacto, ducha en estos menesteres, sabía lo peligroso que una movilización así podía resultar para el tráfico de migrantes. El gobierno hondureño llevaba meses atacándolo abiertamente. Entre 2018 y 2019, casi 140 personas fueron acusadas por ello de aquel lado de la frontera. Cruzar entonces, con todo el movimiento policial que debía haber, hubiese sido como lanzarse de lleno contra una telaraña gigante.  

Ilustración: Victoria Rodríguez

Fue así que mientras el mundo seguía la tortuosa marcha de la caravana sampedrana, M. y E. empezaban el mismo viaje tomando el sol en la piscina de un piso franco en Somotillo. Como si fueran migrantes VIP, o algo así, preparándose para una excursión. Ellas ni siquiera tendrían que cubrir las caminatas de las caravanas. Su viaje consistiría más bien en unir puntos seguros dispuestos a lo largo de cuatro países. En Nicaragua estuvieron varios días así, sin hacer nada, solo esperando a que toda la atención se desplazara sobre Guatemala o México. Hasta que finalmente el hombre de La Contacto les dijo: «Ya, van a salir en la madrugada para Honduras».

—Nos llevaron para la frontera, que es un lugar así como muy desierto, y ahí nos montaron en unos caballos —dice M. —. Cada una en un caballo y con un guía.

En realidad el viaje empezó sobre las tres de la mañana, luego de que un taxi las recogiera y las trasladara hasta la zona de El Guasaule rompiendo con sus luces el pozo insondable de la noche nicaragüense. Cuando M. dice «desierto» no se refiere a un terreno árido, puesto que, a excepción del puesto fronterizo y sus alrededores, la zona está llena de matorrales. Quiere decir solitario. Al no tener papeles para pasar legalmente, tenían que cruzar por uno de los puntos ciegos de la frontera, uno de esos trillos abiertos a destajo entre la maleza por donde único hay cierta posibilidad de burlar el ojo atento de los militares.

Fue en la entrada de uno de esos puntos donde M. y E. se despidieron del taxi, conocieron a sus nuevos guías y siguieron camino a caballo.

—Recorrimos como 40 minutos más o menos, pero imagínate aquello a las tres de la madrugada: una oscuridad tremenda. Yo por lo menos estaba aterrada.

No era solo el miedo a la oscuridad y a lo que pudieran hacerles aquellos desconocidos lo que aterraba a M., que iba sobre el último caballo. Estaban también los retenes. En 2019, más de nueve mil indocumentados cruzaron ilegalmente a Honduras desde Nicaragua amparados por los matorrales. Para tapar el coladero, el gobierno hondureño había desplegado en la zona 400 agentes de la Fuerza Policial de Control Migratorio. Mientras ellos intentaban pasar desapercibidos, grupos pequeños de oficiales armados con ametralladoras peinaban como sabuesos su lado de la frontera.

El peligro se respiraba por doquier.

—Yo lo único que sé es que el del primer caballo iba haciendo señas con una linterna como cada 15 minutos, y yo pensaba: no llegamos, no llegamos.

Cada paso con el que no llegaban era un paso en el que las podían sorprender. Y todo indicaba que llevaban las de perder. Aunque el año apenas iniciaba, cientos de migrantes ya habían sido descubiertos intentando cruzar por una de esas mismas veredas. Mientras lo peor ocurriera sin contratiempos, la orden consistía en devolverlos a Nicaragua, nada más, pero incluso eso hubiese podido representar un problema gordo para ellas. Podría costarles hasta una deportación. Pero tuvieron suerte. M. llegó con el corazón en la boca, aunque la pequeña caravana no tropezó con ningún retén, ni siquiera en las cercanías del río Guasaule, que corre de suroeste a noreste justo en medio de una franja descampada, estrecha pero totalmente descubierta.

Una vez del lado de Honduras todo fue mucho más fácil. Allí, medio escondido en un herbazal, las esperaba otro hombre que las condujo a un piso seguro y cuidó de ellas hasta cerca de las seis de la mañana, cuando se aseguró de montarlas en un bus que las dejó cerca de la Oficina Regional de Migración de Choluteca, en la capital del estado.

—Olvídate que ahí está todo cuadrado —dice M.—. El chofer sabe que somos migrantes, dónde nos tiene que dejar… Y nosotras, mira, sin decir palabra.

—Porque eso es como un negocio bien planeado, ¿ve? —dice E. —. Nosotras hasta teníamos la foto de la guagua que nos iba a recoger y todo.

Salvo un inconveniente mayor, Honduras facilita un permiso para continuar camino a quienes entran ilegal al país. Es la razón por la cual La Contacto las envió a Migración: para que normalizaran su estancia en el territorio y se quitaran un problema de encima. Ambas fueron anotadas para ser atendidas una semana más tarde, así que mientras tanto pasaron los días en un piso franco de La Contacto. Allí descansaron, comieron, vieron series y conversaron con sus padres en Cuba. Todo muy diferente a la experiencia de aquella caravana que las había retrasado en Somotillo, que por esas mismas fechas ya había chocado de lleno contra el cordón de la Guardia Nacional mexicana; muchos de sus miembros habían sido detenidos o regresados a Guatemala.

Ellas, en cambio, siguieron con relativa tranquilidad. Sobre las siete de la noche del día marcado, después de terminar sus trámites migratorios, abordaron un bus con el que cubrieron los 552 kilómetros que las separaban de la frontera guatemalteca. Llegaron sobre las siete de la mañana del día siguiente, luego de una larga noche en la que apenas pudieron pegar un ojo.

—Y ahí sí —dice E. con un dejo impostado de dolor—: en cuanto pasamos la frontera, a subir montañas.

***

Ilustración: Victoria Rodríguez

—Y la experiencia en Venezuela, ¿cómo fue?

—Jum… —se limitó a responder E. alzando las cejas con disgusto.

—A mí me tomó casi un año adaptarme, con eso te lo digo todo. Muy estresante, con mucho trabajo. Yo hasta tenía que chapear. Pero, bueno, llega el momento en que uno aprende a resistir.

Mucho antes de pensar en migrar, M. y E. estuvieron tres años de misión médica internacionalista en Venezuela: M., de 2015 a 2018, primero en Falcón, luego en Caracas; E., de 2016 a 2019, siempre en la capital, donde se conocieron. Gracias a eso pudieron pagar los cuatro mil 600 dólares que les pedía La Contacto para ir desde Nicaragua hasta México. En Cuba les hubiera tomado muchos más tiempo reunir una cifra así. Hasta 2019, último año de ambas en el país, el salario medio para el sector de la salud era de 965 pesos, aproximadamente unos 40 dólares.

Es un atractivo innegable de las misiones: los últimos datos disponibles, referentes a 2018, cifraban los ingresos del país por exportación de servicios médicos en alrededor de seis mil 400 millones de dólares, casi el doble de lo reunido ese mismo año por concepto de turismo internacional y envío de remesas. Y aunque los «internacionalistas» solo reciben entre un diez y un 25 por ciento del dinero que los gobiernos extranjeros pagan por su trabajo, aun así es mucho más de lo que ganarían quedándose en Cuba. Para no pocos, las misiones médicas representan una posibilidad de volver al país con algo de dinero para ayudar a sus familias.  

—Por eso es que una aguanta las verdes y las maduras —dice M. —. Amenazas, humillaciones…

—Yo llegué a vivir dos meses en una sala de rehabilitación con cuatro personas más —cuenta E.—. Todo ese tiempo durmiendo en literas, sin privacidad, sin tan siquiera un fogón para cocinar.

Nada indica que tengan muchos buenos recuerdos de esos años. Ni tampoco que estén solas en esto. Las quejas sobre las condiciones en que deben vivir y trabajar quienes se apuntan a las misiones internacionalistas son cada vez mayores. En mayo de 2019, la organización no gubernamental Cuban Prisoners Defenders (CPD), con sede en España, hizo pública la denuncia de 110 médicos —ya entonces exiliados— forzados a cumplirlas en condiciones «contemporáneas de esclavitud», algo que igualmente ha sido señalado por Human Rights Foundation y por la Organización de Naciones Unidas. Un año más tarde, en 2020, la demanda ya incluía a 622 firmantes.

M. y E. nunca han escuchado hablar de CPD, pero varias de las políticas denunciadas por esa organización aparecen en sus testimonios: retiro del pasaporte, largas jornadas laborales, retención del grueso del pago hasta el final de la misión, bajo estipendio mensual, malas condiciones de vida, restricción de libertades, inflación de estadísticas, trabajo ideológico.

—Yo, por ejemplo, tenía que ver diariamente a 35 pacientes, pero lo más que veía era a diez —dice E.—. Lo otro tenía que aumentarlo, porque te obligan a ello. Si tu hoja de cálculo llegaba al estado y faltaban pacientes, decían que habías incumplido. Y si volvías a caer, entonces te analizaban y te mandaban para otro estado con otras condiciones.

—Si esas misiones son más políticas que otra cosa… —dice M. —. Yo, que no soy doctora ni enfermera, tenía que ir con los médicos para hacer trabajo comunitario, que era tocar casa por casa para ver cuántos pacientes había enfermos y eso, pero diciéndoles cosas del tipo: «La revolución les va a dar esta medicina».

Hay muchas cosas surreales en el relato de las misiones en Venezuela, como el hecho de que en plena crisis del bolívar el estipendio mensual que recibían para comprarse sus cosas básicas no equivaliera a más de unos pocos dólares o centavos de dólar, o incluso que en determinados momentos tuvieran que aprovechar el viaje de algún compañero a Cuba para mandar a pedir dinero de allá cuando se suponía que funcionara al revés. Pero nada tan tragicómico como el fenómeno de los «amigos solidarios» y las «relaciones desmedidas», uno de esos mecanismos decadentes de la Guerra Fría que inexplicablemente siguen funcionando para la burocracia cubana. M. lo explica mejor:

—En la misión tienes ciertas reglas, y una de ellas es que puedes tener un amigo solidario, o sea, hacer cierta relación con un venezolano, pero mientras beneficie a toda la brigada. No es que te vayas a relacionar con uno para obtener un beneficio propio, o porque te enamoraste, o para que te lleve en carro aquí y allá, porque ya eso es considerado una relación desmedida. Es como una línea delgada que existe ahí entre ambos, ¿entiendes?

Lo anterior no pasaría de ser una graciosa viñeta del socialismo real si no fuera por el peso de sus implicaciones: la condena de tantos cubanos, entre otras cosas, a perder el tiempo vigilándose entre sí. Los «amigos solidarios» y las «relaciones desmedidas» son como esos ratones de cuerda que el ladrón de los dibujos animados le pone a la criada gorda para mantenerla entretenida cazando un señuelo mientras él hace y deshace a su antojo; solo que aquí la dueña termina cazándose inconsciente y eternamente a sí misma, porque ella misma es el ratón.

—Por eso te digo que sí: al final, la remuneración que uno llega a obtener por la misión claro que nos ayuda a resolver muchos problemas, es más de lo que se puede hacer en Cuba; pero también hay que poner en una balanza lo positivo y lo negativo, porque había que llevarse las verdes y las maduras.

***

Si la primera parte del viaje fue relativamente tranquila, la segunda fue acelerada y laberíntica. Recién habían superado la frontera guatemalteca por el cruce de Agua Caliente, al oeste, cuando el chofer detuvo el bus un instante, les indicó que se bajaran y continuó su camino.

A un lado de la carretera, recostada sobre el capó de su automóvil, estaba La Contacto. Como suele suceder con los coyotes, es un personaje sin rostro, quizá un poco como los de Rulfo, con el perdón de Rulfo. M. y E. se volvieron parcas cuando les pregunté por ella. Solo dijeron que es «una muchacha» y que, una vez sus clientes están en Guatemala, es ella quien se encarga personalmente de atenderlos la mayor parte del tiempo.

El caso es que apenas habían terminado de poner los pies sobre el asfalto cuando se dieron cuenta de que no eran las únicas migrantes allí. Antes habían llegado otros nueve —cubanos todos: siete hombres y dos mujeres— que esperaban junto a La Contacto. Apenas hubo tiempo para presentaciones. Había que seguir camino cuanto antes.  

—Arriba, se van todos con él por ahí. Apúrense, vamos —dijo La Contacto.

Ilustración: Victoria Rodríguez

El objetivo era llegar a Ciudad de Esquipulas, un viejo asentamiento colonial del departamento de Chiquimula que es, también, la zona urbana más cercana a esa parte de la frontera. Normalmente no les hubiera tomado más de 20 minutos siguiendo el arco de la carretera en auto o en bus, pero al volver a ser todos migrantes indocumentados no podían arriesgarse a pasar por el punto de aduana que se encontraba unos cientos de metros más adelante. La única alternativa era internarse en las montañas que corrían a su izquierda y caminar durante cuatro horas en dirección noroeste. Para eso estaba «él»: el guía encargado de cruzarlos monte arriba.

La Contacto no iría con ellos. Daría la vuelta en su auto para recogerlos tras el descenso.

La caminata fue brutal, sobre todo para E. A diferencia de M., que es alta y menuda y tiene —en teoría— más posibilidades de resistir una escalada, ella es de extremidades cortas, complexión obesa y sedentaria. Ni en esta ni en otra vida hubiera estado lista para atravesar montañas.

—Con decirte que hubo una loma que tuve que subirla gateando, gritándole al guía que se esperara. Ella hasta tuvo que ponerse la mochila mía porque, qué va, no podía.

Apenas tuvieron descanso: todo el tiempo subiendo, bajando, sin despegar los ojos del suelo para no tropezar con una raíz o doblarse el pie con un guijarro. En dos ocasiones ambas tuvieron que detenerse a tomar agua, sobre todo E., que llegó a ponerse muy mal, con fatiga. Luego tuvieron que apretar el paso para no alejarse del resto del grupo, que mantenía un ritmo imposible.

—Y yo: «Vamos, vamos, que si nos quedamos aquí no nos encuentra nadie». Porque el hombre aquel iba a una velocidad que ni Usain Bolt —recuerda M.

Cerca de cuatro largas horas después, a punto ya de desfallecer, llegaron al otro lado de la montaña. Allí estaba La Contacto, esperándolos con dos autos en un terreno baldío. Los 11 cubanos se apretujaron adentro como pudieron y emprendieron camino a un hotelito en Ciudad de Esquipulas, donde pasaron la tarde y la noche sin que absolutamente nadie los molestara.

—Llegamos directo a bañarnos y acostarnos —dice M.—. Entre las 12 horas de viaje de la noche anterior y después todas esas montañas, ¿tú sabes cómo nos sentíamos?

Temprano a la mañana siguiente, algo repuestas las fuerzas, ambas partieron en bus hasta un punto cercano a la frontera con México. El resto de los cubanos siguieron vías diferentes. En las primeras horas de la tarde, uno de los hombres de La Contacto se encargó de cruzarlas en bote por una zona apartada para después montarlas en unos camiones que las llevaron hasta las afueras de Villahermosa, en Tabasco, donde pasaron la madrugada. El domingo fue igual de movido. Primero un bus, luego un taxi, más tarde una camioneta, después un auto. Durante ese trayecto se sumergieron en la locura de la naturaleza mexicana: escucharon monos, les advirtieron sobre los cocodrilos, fueron devoradas por los mosquitos. Terminaron dentro del mismo Tabasco pero en una casa alejada, aunque tampoco lo suficiente como para que no llegara la señal de Netflix. Allí pasaron un par de días, que aprovecharon para descansar. Sobre las tres de la tarde del tercer día emprendieron el tramo definitivo. Esta vez sería en una rastra interestatal, junto a otros dos migrantes hondureños.

—Tranquilos, que de aquí no me los baja nadie —les dijo el chofer desde el inicio—. Lo que haya que pagar a los retenes, yo lo pago.

Así llegaron a Ciudad de México: escondidas en la cama de una rastra para evitar a la policía. El chofer se bajaba a pagar las coimas. Habían pasado 19 días desde que abordaron en La Habana el avión hacia Managua. Diecinueve días, cuatro países y cuatro mil 600 dólares. Pero no fue sino hasta varios días después que repararon en la magnitud de la experiencia.

—Es que una viene con tanta tensión que no te das cuenta de lo que has hecho hasta que llegas —dice E.

Cerca de un mes y medio después, la situación no era la mejor: la pandemia de coronavirus empezaba a ganar fuerza en el país y solo tenían el salario de E. M. salía desde temprano a dejar currículos donde fuera, lo mismo en locales de comida rápida que en farmacias o supermercados, pero nadie la llamaba, solo empresas fantasmas. Aun así decían no arrepentirse. Extrañaban todos los días a sus padres pero estaban seguras de haber dado el paso indicado.

—Sabemos que esto es parte del proceso —dice M., más para sí que para mí—. A ningún migrante le es fácil llegar a un país y establecerse. Nosotras no vamos a ser la excepción. Hemos llegado al punto de cuestionarnos algunas decisiones, pero no nos arrepentimos.

***

—Ahorita cuando preguntabas por qué quisimos irnos, por supuesto, lo principal es la situación económica, pero para mí también está la frustración.

El que habla es S., otro joven migrante cubano de 31 años, psicólogo de profesión y también exinternacionalista en Venezuela, donde coincidió con M. y E. S. hizo el mismo viaje que ellas, solo que una semana después, y ha estado acompañándolas durante toda la conversación —viven juntos—, solo que apenas abre la boca para puntualizar algún que otro detalle. Ahora, sin embargo, logra darle voz a aquel primer silencio de M.

—Yo a veces intentaba ver la vida a futuro en Cuba y me decía: ¿de verdad, esto va a ser? ¿Levantarme todos los días a las seis, coger una guagua a las siete, escuchar la misma conversación una y otra vez, firmar la entrada en el centro, fajarme 20 veces con la de personal, tratar de hacer mi trabajo sin condiciones, todo para regresar a mi casa a las cinco, llegar a las seis, comer a las siete, ver el noticiero a las ocho, después la novela y, con la misma, acostarme a dormir para levantarme al otro día y hacer exactamente lo mismo? Yo veía toda esa monotonía, todas las exigencias que me ponían en el trabajo por 800 pesos que no dan para nada, y me dije: «No, yo tengo que salir de aquí». 

Más o menos lo que todos sabemos, ¿no?

—¿Y el plan ahora cuál es: quedarse aquí o seguir camino?

—No, no, quedarnos aquí —responde M—. Vamos a tratar de establecernos. Pasar ahora para Estados Unidos está muy difícil y no queremos arriesgarnos.

—Eso no quiere decir que ahorita se ponga buena la cosa y no nos vayamos —ataja E, con picardía—. Pero, bueno, sí, mientras vamos a estar aquí.

La conversación anterior ocurrió en marzo de 2020. La idea era seguirla en otra ocasión pero el avance de la pandemia hizo que la pospusiéramos una y otra vez por razones de seguridad. Hace unos meses, cuando quise retomarla aunque fuese por WhatsApp, no aparecían por ningún lado. Le escribí varias veces a M., que era con quien tenía contacto, y nada. Un par de semanas después supe por un amigo común que había logrado llegar a Miami, en Estados Unidos, donde vive ahora con su hermana. Conseguí su nuevo número y le escribí. Me respondió que sí, que le enviara las preguntas y que me respondería. Pero nunca llegó a hacerlo. Lo más que lograba obtener de ella era un «Dame un chance porque voy entrando al trabajo» o un «Disculpa, ahora mismo no puedo. Estoy súper enredada en el trabajo». Tampoco llegó a enviarme los números de E. y S., que a todas estas no sé dónde están. «El camino siempre se abre», me dijo E. aquel día.

Solo espero que siga siendo así.  

*Esta crónica fue escrita como parte del Laboratorio de Periodismo Situado (que publicó esta versión), coordinado por Cronos.

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