Los carteles de Wilfredo Prieto y Luis Robles no son iguales

No pocas veces he dicho que estoy en contra del embargo impuesto por el gobierno de Estados Unidos a Cuba. Yo apoyé la política de normalización de las relaciones bilaterales que promovió la administración de Barack Obama porque consideraba —y considero aún— que podía contribuir a la normalización de la vida cotidiana en el país. Eso es, cuando estoy en extremo agotada, lo que fundamentalmente aspiro para Cuba: algo de normalidad. Cuando el empresario conservador Donald Trump salió electo presidente, sentí gran parte de mis esperanzas venirse abajo. En realidad, mis esperanzas habían empezado a venirse abajo en marzo de 2016, después de que Barack Obama concluyera su discurso dirigido a la sociedad civil cubana en el Gran Teatro Alicia Alonso y los medios de prensa estatales dieran un giro bastante radical en su cobertura del deshielo y pasaran de «relaciones civilizadas» y de las afinidades entre los pueblos cubano y estadounidense a resaltar, nuevamente, los conflictos históricos entre sus gobiernos. Ahí vi la primera señal de que todo se iba a joder. Luego Trump echó más leña al fuego y, en alguna oficina lúgubre de la maquinaria represiva cubana, alguien lo celebró.

Para mí las políticas hostiles de Estados Unidos hacia Cuba no son la causa ni de la represión, ni de la pobreza, ni de la falta de medicamentos que se sufre en Cuba, y hay suficientes análisis que lo demuestran, porque hay muchas medidas que podrían implementarse, sin que se levantara el embargo, para generar prosperidad, justicia social y democracia, pero sí constituyen la base argumentativa de la propaganda oficial cubana. La confrontación con Estados Unidos ha sido, desde los años sesenta, la zona de confort del sistema totalitario castrista. Ha sido funcional para la preservación del poder en el mismo grupo familiar, militar y generacional. Estoy segura de que Fidel Castro disfrutaba tener al principal imperio de Occidente como enemigo. Eso alimentaba su ego, su virilidad, sus delirios de grandeza. Basta con leer sus discursos desde los primeros años; porque sí, yo leo sus discursos. Por eso quiero ver cómo reaccionaría el sistema cubano si se quedara sin su adorable enemigo por al menos cinco años. 

Ahora, dicho esto, hay algo que creo importante tener muy en cuenta: en el catálogo de las causas justas que podemos defender en Cuba, hay algunas más convenientes que otras. Hay causas que el poder apluade y causas que el poder reprime. No hay que estudiar mucho para saber que oponerse al embargo puede ser una manera rápida y efectiva de ganarse el beneplácito del gobierno cubano, sobre todo si tu oposición al embargo no va a acompañada de oposición a las violaciones de derechos humanos que el gobierno cubano comete bajo la justificación del embargo. Atención: yo no cuestiono el derecho de nadie a expresarse con libertad. Yo soy periodista y eso significa, entre otras cosas, que defiendo a ultranza el ejercicio de ese derecho. Si hay quienes sienten indignación por el embargo, o por la elección de Guillermo Lasso como Presidente de Ecuador, y no la sienten por un nuevo allanamiento de la casa del artista Luis Manuel Otero, por su detención violenta y la destrucción de sus obras, hay que aceptar que es así y punto. Nadie puede imponer sentimientos a nadie. ¿Eres cubano y te preocupa el embargo y nada más? ¿La deforestación en la Amazonia? ¿La muerte del príncipe Felipe de Edimburgo a los 99 años? Bravo por ti, es tu derecho, guarda luto por Felipe si quieres, y publica una foto con tu camiseta de «God Save the Queen». Sin embargo, luego no te enojes por las interpretaciones de tu discurso.

Ejercer la libertad de expresión implica aceptar que lo que expresemos puede ser cuestionado y objeto de debate. Que nos cuestionen lo que decimos no significa que cuestionen nuestro derecho a decirlo. Hay gente que sí cuestiona que ejerzamos nuestro derecho, pero no estoy hablando de esa gente. Tampoco, cuando hablo de libertad de expresión, hablo de «derecho» a discriminar, promover discursos de odio, hacer bullying  o difamar, porque ese “derecho” no existe.

Hablo, desde luego, del exitoso artista cubano Wilfredo Prieto, fundador y coordinador del proyecto cultural Taller Chullima, y de su foto en Facebook sosteniendo un cartel en que se lee: «PRESIDENT BIDEN, THE 60 YEAR OLD TRADE EMBARGO ON CUBA IS NOT A JOKE. WE MUST END IT NOW» («Presidente Biden, el embargo comercial de 60 años contra Cuba no es una broma. Tenemos que terminarlo ya»). Algo con lo que yo, en esencia, estoy de acuerdo. Pero, para bien o para mal, ese post se ubica en un contexto que hace parecer la demanda de Prieto como una broma, y de muy mal gusto.

Tres días antes de ese post, varios medios independientes cubanos reportaron que el preso político Luis Robles, quien se encuentra encarcelado desde diciembre de 2020, finalmente había sido acusado por los delitos de «propaganda enemiga y desobediencia» y que la Fiscalía pedía sentencias de hasta siete años de privación de libertad. Robles, al igual que Prieto, también se manifestó con un cartel, pero Robles no es un artista exitoso, y en su cartel el mensaje era diferente: «¡LIBERTAD! NO + REPRESIÓN #FREE-DENIS». Además, a diferencia de Prieto, Robles se manifestó no en su perfil de Facebook sino nada más y nada menos que en el boulevard de San Rafael, uno de los sitios más concurridos de La Habana. A los pocos minutos, la policía lo detuvo. Algunas personas que se encontraban en los alrededores salieron en su defensa e intentaron evitar que se lo llevaran, pero al final la policía prevaleció. El video de su detención estuvo circulando ampliamente en las redes sociales y el nombre de Luis Robles se volvió una fuente constante de noticias de un momento a otro. Con su encarcelamiento el gobierno buscó mandar un mensaje ejemplarizante a la ciudadanía: tolerancia cero a las manifestaciones en espacios públicos. 

Una puede pensar que fue coincidencia que Wilfredo Prieto decidiera expresarse contra el embargo, siguiendo una estética similar a la de Luis Robles, apenas tres días después de conocerse la acusación contra Luis Robles. Una puede esforzarse para no ser malpensada y creer que el artista exitoso ni siquiera conocía el caso del preso político. Pero, de todas formas, una se pregunta si en verdad la coincidencia es tal, o si no hay ninguna coincidencia en todo esto y la intención es cuestionar, de una manera pasivo-agresiva, la causa de Luis Robles. Una se pregunta si Wilfredo Prieto, que al menos en los últimos tres años no ha compartido en su perfil de Facebook ninguna denuncia sobre la represión en Cuba, no estará también cuestionando las causas de Luis Manuel Otero, Tania Bruguera y las de todos esos artistas que en los últimos días han estado sometidos en la isla a una violencia más intensa que lo usual, asociada, según se ha dicho, a la celebración del VIII Congreso del Partido Comunista.

Por supuesto, hay muchas personas que se hacen las mismas preguntas, porque lo de Wilfredo Prieto parece algo así como estar en el velorio de la tía Francisca y que venga alguien a celebrar el cumpleaños de su tía Lola. 

Además, ¿quiénes conviven con Wilfredo Prieto en sus redes sociales sino todos esos artistas que ahora mismo enfrentan un fuerte hostigamiento por parte de las autoridades cubanas mientras él levanta un cartel a favor de una causa que puede reportarle beneficios del gobierno? De nuevo: sí, es su derecho. Incluso podría ser más explícito en su posicionamiento y yo seguiría reconociendo su derecho. Pero reconocer su derecho no me impide reconocer también que su cartel es cuando menos irrespetuoso con el gremio del cual él forma parte. ¿Por qué alguien que no suele manifiestarse en Facebook con respecto a ningún tema político decide hacerlo, a favor de la causa favorita de la propaganda oficial, justo cuando no cesan de aparecer denuncias de violaciones de derechos humanos? Solo Wilfredo Prieto lo sabe. Sin embargo, el porqué no es para mí lo más importante.

Lo más importante es la diferencia entre un artista que se manifestó en redes sociales en contra del embargo de Estados Unidos hacia Cuba y un ciudadano común que se manifestó en un espacio público en contra de la represión desplegada por el Estado. Ambos ejercieron un derecho, pero el primero disfruta ahora de su libertad: puede entrar y salir de su casa y de Cuba sin que la Seguridad del Estado se lo impida y cuenta con un taller cultural en un espacio magnífico para realizar diversas actividades. El segundo está encarcelado, sufre malos tratos desde diciembre de 2020 y su destino pudiera ser siete años tras las rejas. El primero no perdió nada en el ejercicio de su derecho; al contrario, puede ganar mucho. El segundo perdió su libertad.

Entonces no podemos decir que los carteles de Wilfredo Prieto y Luis Robles son iguales. La diferencia está no en los mensajes sino en las consecuencias: oponerse al embargo, sin asumir una posición crítica frente al poder político en Cuba, te confiere privilegios, mientras que asumir una posición crítica frente a ese poder político, aun cuando te opongas al embargo, atenta contra tus propios derechos. Digamos que el cartel de Wilfredo Prieto is just a bad joke.  

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