Los cubanos seguirán oyendo cuentos del “bloqueo”

LA HABANA, Cuba. ─ El pasado lunes, en este mismo diario digital, el colega Roberto de Jesús Quiñones hizo un recorrido pormenorizado (en la medida —claro— en que tal cosa puede hacerse en un trabajo periodístico) por el tema del “embargo” de Estados Unidos a Cuba, que los castristas prefieren llamar “bloqueo”. El periplo abarca todo el período comprendido desde la trepa al poder del fundador de la dinastía hasta hoy.

Es un hecho cierto que la existencia de esas medidas discriminatorias se ha convertido en un elemento esencial de las relaciones entre ambos países vecinos. Si creemos al gobierno de La Habana, la afectación económica provocada por ellas en la Gran Antilla se acerca a la friolera de un billón de dólares (y, como es lógico, estamos hablando en castellano, idioma en el que ese vocablo significa un millón de millones).

Las nuevas “cuentas del Gran Capitán” que han conducido a esa cifra fabulosa son más que discutibles. ¿Pero qué puede esperarse de un régimen que, en su momento, aseguró que los perjuicios ocasionados por la Unión Soviética al suspender el trato privilegiado que Cuba disfrutó durante decenios … ¡excedían de la inmensa deuda que, a pesar de ese mismo trato de privilegio, nuestro país acumuló año tras año ante la potencia euroasiática!?

De todos modos, esa cuantía irracional de las hipotéticas afectaciones derivadas del embargo sirve para ilustrar la importancia que este, según los mismos castristas, tiene para la Isla. La pregunta que se impone es: ¿Qué pudieran hacer los mandamases de La Habana para encontrarle una salida a esa situación y qué están haciendo al respecto en la práctica?

Está claro que, por el lado cubano, las opciones que existen hoy mismo son, en esencia, dos: una es continuar con la misma política de denuncia virulenta y queja plañidera de los últimos decenios. La otra consistiría en iniciar una negociación seria a fin de normalizar las relaciones bilaterales con nuestro gran vecino norteño y lograr así, entre otras cosas, el fin del “Embargo-Bloqueo”.

Todo indica que el “nuevo” liderazgo ha optado por seguir recorriendo la misma senda estéril estrenada mucho antes de que la vejez y la enfermedad obligaran a Fidel Castro a distanciarse del poder. Esto incluye los ataques venenosos al “imperialismo yanqui” y los aplausos de rojillos y tontos útiles de todo el mundo, que argumentan (¡y muchos se lo creen!) que sólo el “bloqueo” impide que en Cuba reinen la abundancia y la felicidad.

También la escenificación, en las Naciones Unidas, del mismo show que ya aburre de tan repetido durante lustros y tan archiconocido. Allí, en la Asamblea General, cada año se vota la resolución sobre la “necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”.

En tales ocasiones se repiten las mismas sonrisas estereotipadas del canciller Bruno Rodríguez y otros diplomáticos cubanos (algún nombre hay que darles) que se felicitan entre sí por el número de votos alcanzado. Esto, claro, inmediatamente antes o después de despachar de modo inmisericorde los bistés de filete correspondientes a ese día, pues hay que mantener las fuerzas para seguir luchando sin descanso contra “el imperialismo”.

¿Qué saca en claro de todo ese inútil ejercicio el pueblo de Cuba? Nada. Cabría suponer que ahora, cuando el señor Díaz-Canel, en su flamante condición de primer secretario del partido único , se ha convertido de manera formal en el mandamás supremo de la pirámide burocrática de la Isla, correspondiera esperar un nuevo enfoque de este asunto.

Los castristas bien pudieran aprender, en este terreno, de personas que, con toda seguridad, ellos no acusarán de anticomunismo ni de claudicación ante el “imperialismo yanqui”: me refiero a sus grandes amigos de la camarilla gobernante de Vietnam.

Todos recuerdan la tremenda guerra escenificada en ese país asiático. Se trató de un conflicto bélico de verdad, no el de índole verbal y propagandística (o sea, de mentiritas) escenificado entre Washington y el habanero Palacio de la Revolución. Tan real fue aquel enfrentamiento que en él murieron millones de personas.

Los que por aquellos años se informaran de la guerra a través del Granma, pensarían que las bajas se producían sólo en el ejército survietnamita y sus aliados norteamericanos… Hoy sabemos que las pérdidas mayores las sufrió el bando comunista. Pese a los millones de muertos, la ausencia de relaciones económicas entre el Vietnam unificado bajo el gobierno de Hanoi y los Estados Unidos no duró más de un par de decenios.

Desde los años noventa del pasado siglo, esos vínculos crecieron poco a poco. Lo hicieron mucho más rápido tras la firma del Tratado Comercial Bilateral a fines de 2011, así como del Acuerdo-Marco de Comercio e Inversión en 2007. Las diferencias considerables entre esos dos países que no sólo sostuvieron una guerra arrasadora, sino que mantienen enfoques encontrados en lo político, no ha impedido que ambos se hayan convertido en grandes socios comerciales.

Para los Castro antes (y ahora también para Díaz-Canel) toda esa realidad equivale a una especie de conferencia impartida en mandarín sin traductores. La dirigencia cubana, del mismo modo que se ha negado a aplicar las medidas económicas diseñadas por sus grandes amigos China y Vietnam, rehúsa la valiosa experiencia que ha permitido a este último país normalizar las relaciones con su feroz enemigo de antaño.

Mientras tanto, seguirán la agitación y el blablablá sobre el “criminal y genocida bloqueo”. En la Televisión Cubana el tema no amainará. Los jerarcas rojos seguirán degustando sus bistés de filete. Y el cubano de a pie continuará hundido en la miseria y —lo que es peor— sin perspectiva alguna para su futuro.

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