Luis Manuel es patria y vida. No debiera ser otro héroe muerto

LA HABANA, Cuba. – Luis Manuel Otero Alcántara ha sido forzado a seguir con vida, pero no ha puesto fin a su protesta: sus demandas siguen en pie, él pudiera morir en cualquier otro momento. Esa posibilidad me aterra porque tengo la dicha de ser su amigo y nunca he asociado a Luis —un joven tan vital— con la muerte, ni con la desesperanza o la tristeza, pero sí con la perseverancia. 

Luis Manuel es alegría, es amistad a toda prueba, es coherencia dentro de su aparente locura y sus constantes evoluciones, es energía vital y además es belleza, porque es patria y vida. Alguien así no debería estar hecho para la muerte prematura, mucho menos para hacernos llorar por su ausencia. Es más, Cuba debería dejar de ser de una vez y por todas motivo de muertes, de exilios y de llantos.

No me gusta reverenciar dioses, personas ni símbolos. Lo hice alguna vez y me decepcioné. Estoy harto de héroes muertos, de sus leyendas, y ahora que voy superando el medio siglo de vida, cuando quiero calibrar mi existencia, solo encuentro mis paradigmas en algunos pocos vivos que me rodean. Pero a los muertos (como a las redes sociales) los he dejado descansar en paz.

Luis Manuel, mucho más joven que yo, es uno de esos paradigmas. A veces, cuando he estado a punto de perder mi brújula —o la he perdido— en este tortuoso camino hacia la libertad —que habrá de llegar sí o sí— he pensado en el ejemplo de Luis Manuel para recargarme otra vez con la fuerza que necesito para no rendirme, para  regresar en mis pasos y corregir mi camino porque, a diferencia de él, yo no tengo verdadera madera de héroe. Me conformo con imitarlos en lo esencial, con proveerme de sus energías.

Pero Luis Manuel, sin pretender serlo, lo es, y es un Prometeo de la calle, del barrio, de esa zona en rebeldía que el poder se niega a reconocer porque está consciente de que ahí, donde más se ensaña la pobreza, se gesta lo que está por venir, aunque también sabe que la espada cortadora de cabezas no está en manos de ninguno de nosotros, sino que se forja a solo unos pasos del trono. Vivir para ver.

Luis Manuel es peligroso porque, en huelga de hambre o performático, se pinte las uñas o se caliente en un chat, con su inteligencia y carisma pudiera convertir el próximo acto (el que aún está por realizar) en el detonante definitivo. 

Quizás no sea ese líder de multitudes que algunos esperan pero, en una conjunción de causalidades y casualidades —por adhesión o rechazo— puede propiciar su surgimiento incluso en el mismo seno del régimen. Porque si algunos desean mantenerse en el poder otros 60 años más, obligatoriamente tendrán que abrir las puertas al reformismo. Y otra vez lo reitero: vivamos para verlo. Morir solo cuando nos llegue la hora y ya sea inevitable.

Los cubanos no queremos saber de más violencia ni de pérdidas. Como tampoco de mandamases barrigones y de hijitos de papá, de oportunistas y santurrones. La gente está desesperada y quiere cambios y prosperidad inmediatos, no importa del lugar que vengan. Pero estos no van a llegar sin presión popular. Y para que esta sea efectiva tiene que ser sostenida y llevar a la cabeza al menos un líder del pueblo. Luis es lo que hace mucho tiempo no veíamos en nosotros mismos. Y aunque le pese a algunos, hace lo que no tuvimos el valor de hacer cuando quisimos y pudimos. 

Es el tipo que supera el miedo y que abre las puertas de su casa para reconciliar a una oposición fragmentada y enfrentada. No es el tipo que se ha refugiado en Miami al primer pellizco, ni el que viste de traje o guayabera y nos arenga desde una tribuna, tampoco el que funda un partiducho sin seguidores y más tarde, demasiado tarde, se apresura a redactar un proyecto político. Es solo el tipo que ha sabido pisarle los callos al poder, buscarle las cosquillas, cantarle las cuarenta, y eso supera cualquier consigna y campaña.

Luis Manuel, con sus acciones, ha obrado la magia de hacernos pensar en lo que somos realmente, de llevar a identificar nuestros miedos (esos que nos inmovilizan) en ese instante preciso en que lo empezamos a conocer y se rompen nuestros esquemas, se nos caen las máscaras, las poses, las ridiculeces y evolucionamos como seres humanos.

Cuando lo pienso bien, y me remonto a aquellos tiempos en que lo conocí y comencé a descubrir su obra, me doy cuenta de que, en buena medida, ha sido por lo que su actitud ante la vida inspira, que he podido hacer mi obra estos años con la certeza de que estoy haciendo algo mucho más útil para el bien común de cubanos y cubanas que aquello otro de engordar el ego y llenar las paredes de mi casa con premios literarios. 

Con Luis Manuel, y con Yanelis Núñez, y con otros artistas jóvenes que he conocido y hasta he visto nacer y florecer en estos últimos diez años, yo que soy mucho “menos joven” que todos ellos, entendí definitivamente que si queremos un país con todos y para el bien de todos, cada cual tendrá que hacer lo que mejor pueda hacer, y de ese modo contribuir con la misión moral que nos corresponde como cubanos dignos. 

Conocer a Luis, hace ya un buen tiempo, y enrolarme en varios de sus proyectos de arte así como recibir su apoyo espontáneo en mi trabajo como periodista (facilitándome el acceso a alguna fuente y hasta sosteniendo la cámara en una entrevista), me cambió mi visión de la vida. He disfrutado entrevistarlo, conversar con él, incluso beber cerveza, jugar billar y amanecer alguna vez en una discoteca chea de Guanabo, rodeados por policías locos por apresarnos bajo cualquier pretexto y, aun así, con temores o sin ellos, reírnos por estar conscientes de que, a final de cuentas, la libertad está en nosotros mismos. 

Admiré su valentía cuando, junto con Yanelis, hizo el Museo de la Disidencia, tan inclusivo como polémico. Admiro su actitud desafiante, su capacidad para generar un torbellino de ideas, todas seductoras, y ganar por eso nuestras complicidades, al punto de hacernos disfrutar del peligro de ser un “bocón”, un desobediente cuando el maldito “sentido común” de la cobardía nos invita al silencio.

Amé su ausencia de prejuicios, su sinceridad sin frenos, muy molesta para muchos que hoy lo odian y le temen. Amé y continúo amando coincidir con él en algunos temas y diferir en otros, también nuestras cercanías y lejanías porque las dos implican un compromiso total de ambos con el arte, la literatura, el periodismo y, por supuesto, con la libertad. Pero igual me he rendido ante su humor tan peculiar, como ante esa gracia, sin sombra de drama, con que me dijo un día que siempre llevaba un cepillo dental en el bolsillo, listo para el arresto, para pasar la noche en un calabozo.

Porque Luis Manuel siempre ha estado preparado para lo peor. Y como buen jugador de equipo, va dispuesto a sacrificarse por la causa común, por pasar al siguiente nivel de este torneo macabro que va llegando a su final. 

Pero ojalá que no sea al costo de su vida. Eso no. Luis Manuel no debiera ser otro joven mártir, otro héroe muerto. Ya tenemos suficientes. No podría aceptar jamás que nuestra libertad futura tenga tan alto precio. En medio de la oscuridad que nos rodea, sería criminal de nuestra parte dejar que a la nación le sea arrebatada tanta luz. 

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