Luis Manuel Otero: un nuevo tipo de amor

Hoy estuve recordando y hace exactamente un año que conocí a Luis Manuel. Es así, aunque no lo crean, solo un año. La primera conversación que tuvimos fue sobre su obra, para un texto que estaba escribiendo, y la ironía es que terminamos hablando de la muerte, de que solo la muerte no es oportunista, a diferencia de la vida.

A partir de ahí todo fue intensidad, como suele ser al lado de Luis. Conversaciones a las tres de la madrugada en que se hablaba lo mismo de la visión de la estética en Cambodia que de física cuántica. Y de allí salieron textos y más textos. Creo que de esas conversaciones con Luis voy a sacar textos toda mi vida.

Son muchos días a su lado: cuando José Julián se fue y del aeropuerto me fui para allá, deshecha, y resulta que también encontré llorando a Luis, o el día que fui a conocer a su mamá y terminó enseñándome donde se había filmado Los papaloteros, o nuestros largos paseos buscando rejas antiguas por La Habana Vieja.

Recuerdo otro día en que estábamos en San Isidro, creo que en un cumpleaños de Maykel, un poco borrachos, y Luis empezó a decir que a él le gustaría tener cuatro años y ver el mundo con esos ojos de cuatro años y que Dios no podía existir porque si existía era un singao. Luis tiene una capacidad, o yo no sé si eso se llama capacidad, para sentir el dolor de los otros como propio y para moverse en torno a eso que le da una nobleza difícil de encontrar. Por eso lo amo. Por eso es mi persona favorita.

Luis, sabes que todo esto empezó con un sueño, me encanta recordártelo. Yo soñé un día, cuando todavía no habíamos cruzado una palabra, que tú eras importante para mí. ¡Ve tú que sueño más raro! Un sueño que era solo un sentimiento. Y mira a dónde nos ha llevado. Hace unos días te dije que ya sabía por qué te había conocido: para experimentar un nuevo tipo de amor, distinto a todos los anteriores. De eso se debería tratar la vida: de ir experimentando tipos de amor diferentes y reír.

No te vayas, Luis. Sé que hemos hablado de esto mil veces, nos hemos hasta gritado. Sé que prometí acompañarte y te juro que todavía creo que si vienen a llevarte tendré fuerzas para pararme delante de ti e impedirlo y honrar tu deseo, tu voluntad y la luz que sale de tu interior. ¿Quiénes somos nosotros para detener esa luz? ¿Para intentar apresarla, quedárnosla? En estos días he escrito mil veces la palabra gracias. Tanto que siento que puedo estarme engañando, pensando que tenemos cada vez más apoyo, todo el apoyo que necesitamos para continuar viviendo y dando vida. Por eso y porque estar aquí me produce la sensación de que todo lo de afuera es irreal, lo pido de nuevo, sin miedo y sin pena: no dejen de hacer nada que crean pueda ser útil, cualquier idea, cualquier movimiento, cualquier enojo. De eso se trata todo esto, a fin de cuentas: de hacernos con nuestra propia vida y vivirla, de una vez por todas, mirando la luz.

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