Luisma, ¿hombre sincero o snowflake?

El reo de la Seguridad del Estado, encerrado en la mazmorra, suelta una carcajada. Hay un ventanuco, cuatro paredes mal iluminadas, mobiliario espantoso de policlínico castrista, un monitor de signos vitales ochentoso, la tramoya de las salas de emergencia de las series de Cubavisión.

Un mastodonte vestido de médico internacionalista, con acento centrohabanero, nos presenta a la estrella de nuestra gran telenovela nacional. Sexy, sencillo, acorralado en su calabozo del Calixto García, un hospital militar de la época de los colonizadores. El nombre del voluntario presentador es Ifrán Martínez Gálvez, doctorcito amistoso y jefe del equipo médico que atiende al patriota Luis Manuel Otero Alcántara. 

El buenazo de Luisma le arregla el cuello de la chaqueta al guardia que lo mantiene incomunicado en un mugriento hospital de La Habana. El médico es un policía vestido con el nuevo uniforme de los Boinas Negras: el guardapolvos tachonado de condecoraciones y pegatinas del Ministerio de Salud Pública.

Ministério de SAÚDE, dice el batón: Ifrán Martínez es un milico con estetoscopio, recién salido del Mato Grosso. El líder del Movimiento San Isidro nos pide que aprendamos a diferenciar «el oficio de médico de otros oficios… como puede ser la Seguridad del Estado». ¿Es él quien habla o son los barbitúricos? Luisma es un hombre de grandes sutilezas, y su mordaz consigna es «¡Estamos superconectados!» Si estuviera sobrio, tendría presente que muchas veces no hay diferencias entre un médico cubano y un seguroso. Nuestros galenos pueden invadir países y barrios como invadieron su casa, e instalar gobiernos fantasmas en la jungla.

Hace unas semanas, Luisma nos regaló esta perla: «No queremos tumbar la dictadura, queremos construir la democracia» (sic), un grito de guerra digno de Tristan Tzara, que dejó a sus partidarios botados. La profundidad de Luis Manuel radica en su aparente superficialidad. Su programa político es, a veces, la versión cubana de la Ley de Murphy. Hasta ahora, la técnica dadaísta le ha funcionado: Luis Manuel como ready-made. A partir de su última huelga de hambre, ha comenzado a desgarrarse por las costuras.

En el Calixto García, Luisma suelta una risotada. El mulatón le alcanza el celular a una subalterna para que los filme en ángulo ancho. Luisma dice: «Todo bien. ¡Superconectados! La atención aquí ha sido espectacular. No vamos a decir que ha sido malo». La popularidad de una causa que costó años construir parece venirse abajo. Huelgas de hambre, muertes, desapariciones y miles de presos políticos desembocan en un anticlimático apretón de manos. ¿Habrá llegado la hora de eliminar a este personaje de la telenovela socialista? ¿Será necesario escribirle la escena en que desaparezca, en que disminuya en el horizonte hasta convertirse en un punto de fuga?

La encantadora ingenuidad de Luis Manuel Otero Alcántara es un tesoro mediático, una enorme atracción circense. Al mismo tiempo, es la más demoledora acusación contra un régimen que utiliza a sus ciudadanos como rehenes y escudos humanos.

Estos muchachos que escriben poemas, acarician unicornios y pintan conejitos de NesQuick son la moneda de cambio con la que los operativos raulistas regatean a los gobiernos europeos y mantienen en jaque a los medios de prensa extranjeros. Apresar y soltar, según convenga a la narrativa de los corresponsales deshonestos, escogidos a dedo. La represión calculada de una ciudadanía indefensa es el dispositivo que asegura la continuidad del régimen y su supervivencia. El Movimiento San Isidro es la última garantía de que el castrismo dure, «de escandalito en escandalito», por lo menos 62 mil milenios.

Poetas, escritoras, pintores, raperos, payasos, mujercitos, transgéneros y travestis: Bruno Rodríguez, la Eminencia Roja de la diplomacia castrista, conoce a este tipo de elemento y sabe manejarlo a las mil maravillas. Fue esbirro antes de ser canciller y ha trabajado con sabios idiotas desde los tiempos de Paideia y Tercera Opción. Su etiología es continuista. A fin de cuentas, ¿no fue el Che Guevara el médico que llevó la enfermedad del castrismo a tres continentes?

El hijo perroflauta del Che, desterrado a la finca La Francia, enviado al Servicio Militar, y despachado luego a la remota Holanda, languidece hoy en algún punto de la capital. También Omar Pérez fue un Luis Manuel Otero a mediados de los ochenta. Los chicos de San Isidro deberían visitarlo, ya que el Buda no va a la montaña. Gente que había leído a Foucault completo, pero que carecía de maldad o estrategia, es lo que sobra en la larga historia de la disidencia cubana. Son los enfermitos de El Puente, Arte Calle y La Azotea de Reina, esos precursores de San Isidro. El payasito Desparpajo y el grafitero El Sexto son el material de estudio de los cuadros del Ministerio del Interior. Luisma es su nuevo conejillo de Indias.

La naciente sociedad civil cubana habla de ecología, de racismo, de machismo tóxico, de protección de gatitos, de «todes» y «tod@s» porque ha recibido adiestramiento de los asesores de sensibilidad social de la izquierda woke norteamericana. Entretanto, Mariela Castro pone a las locas y las lesbianas en la primera fila, para que abran trincheras y sean ellas las que reciban las primeras descargas de artillería de las negociaciones con los gringos. El arcoiris de Stonewall da una idea falsa de lo que está pasando en Cuba. ¿Estará colonizado también San Isidro?

Nuestros modelos alternos podrían ser los Paraguas Amarillos, Uno-Contra-Cinco-Millones y Black Bloc. Quema de banderas, ocupación de plazas y derribo de estatuas. El objetivo sería desfinanciar a la Policía Nacional Revolucionaria, desfinanciar a GAESA y hackear sus activos, sus cuentas fantasmas en los bancos suizos. Desfinanciar a las brigadas médicas agitadoras de banderitas que invaden países de Sudamérica y la sede del Movimiento San Isidro.

Los policías Ventura y Carratalá no se convirtieron en símbolos de lo sanguinario porque algún mártir del 26 de Julio les planchó el cuello de la chaqueta. No se crean enemigos ofreciendo la otra mejilla, y los cubanos necesitamos desesperadamente a un villano de carne y hueso que desbanque al bloqueo. Nosotros sí queremos tumbar a la dictadura. Luego veremos si llega la democracia.

En estos momentos, San Isidro bien podría ser el nombre de una operación secreta del Ministerio de Relaciones Exteriores para alcanzar sus objetivos frente la administración Obama por el atajo de la administración Biden-Blinken. Quizás la componenda ya ha comenzado. Tal vez los recientes disturbios de Colombia sean parte de un gran esquema regional que nos incluye, como antes lo fue el desarme de las FARC y su conversión en partido político. Tal vez los patriotas del Movimiento 27N son las marionetas del Departamento de Estado, aunque se les oculte.

Los dos minutos en pantalla de Luis Manuel Otero fueron un golpe de Estado suave al inconsciente colectivo. Han demostrado que todo lo que creíamos sólido puede deshacerse en el aire, y que una oposición de snowflakes dura lo que un merengue a las puertas de la Historia.

La entrada Luisma, ¿hombre sincero o snowflake? aparece primero en El Estornudo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.