Madre por la obra de la vida

Lunes

Sabes que hoy es un día muerto. No obstante, desde las siete de la mañana tienes una matraca en la cabeza que te despierta, que quiere que te levantes ya. Esa matraca, que se activa en todas las madres, no te deja descansar profundamente desde hace un año. Esa matraca es el miedo. Esa matraca es la lucha. Esa matraca es el terror a que llegue el momento de no poder ofrecerle a tu hija qué comer, qué vestir, qué calzar e incluso qué leer. Miedo a que amanezca sin alegría, sin sorpresa, sin esperar ya nada de ti –la única que la sustenta– o del mundo de afuera. 

Seguro tu propia madre nunca te trajo golosinas cuando regresaba del trabajo, y te llevaba a las tiendas de juguetes para no comprarte nada. Más de una vez te enfadaste con ella porque entraba solo a preguntar. Estabas acostumbrada a lo poco, a la nada, a los libros y ya está. Pero a tu hija quieres sorprenderla siempre con un extra, un algo, una nube, un pájaro, un olor. Con tu hija las cosas cambiaron. Cuba se abrió un poco más y ahí pudo conocer las galleticas, el chocolate, las pizzas, los vegetales, el refresco, los espaguetis e internet.

Hoy es lunes –los agromercados están cerrados, y en la tienda del barrio el pollo entra los martes y jueves, si acaso–, pero quizás algo conseguirás. Avisas que solo bajarás a botar la basura. Coges el monedero sin demasiadas esperanzas. Caminas un poco más, para tomar sol y escudriñar las jabas de nylon transparentes que lleva la gente por la calle. Hace mucho tiempo que no te interesan los rostros, primero, porque apenas se adivinan con el nasobuco, y luego, porque la información sensual, el verdadero enamoramiento es con el contenido de las jabas.

Ves un señor con cigarros, le preguntas. Corres cuatro cuadras y marcas, poca gente, abres el monedero y tienes solo para una caja. Sabes que una caja no es sobrevivencia. Hay cero probabilidad de que vuelvas a ver cigarros en los próximos quince días. Vuelas al banco, al ATM, después de una cola de veinte sacas todo lo que tienes (no sabes qué otra cosa pueda aparecer, todo es azar ahora mismo) y vas por tus cigarros.

Mientras esperas a que te despachen, inclinas sin tacto la cabeza para mirar la jabita de otra señora. ¡Papel sanitario! No lo puedes creer. Llevas tres meses sin papel. Cuando se lo contaste a tu amiga española que vive en Boston casi llora, la pobre. Ya para ti es la segunda temporada de un jodido dejavu. «¿Dónde, señora? ¿Mucha gente?» «Galerías Paseo, casi nadie». Huyes con tu rueda de cigarros a la tienda, sin jabita. Más de diez personas te preguntan en el camino por los cigarros. A todos los llenas de esperanzas. 

Lo de hoy difícilmente se repita. Llegas a tu casa con cuatro rollos de papel sanitario y se los enseñas a tu hija como si le hablaras de estrellas y ella los mira como si fueran humo. Sin embargo, advierte tu cara de felicidad y sonríe, no sin antes decirte: «Tengohambremamácadavezquemedicesqueregresasrápidotedemorastreshoras». 

Con cada pequeña cosa que logras comprar sin demasiada cola sientes una auténtica felicidad. Como si te hubieras ido a Victoria Secret o a Zara y recordaras esa enorme satisfacción que provoca comprar cosas que te hacen bella y feliz. El papel no te embellece, pero ayuda a sobrellevar dignamente la cotidianidad. Regresas a tu casa con la enorme ventaja de que no te fue tan demorada la cola aunque el sol te rajara el cerebro, ni te sentiste tan maltratada, aunque suplicaras sin éxito para que te vendieran más papel. Algo «cazaste». La gente te mira con envidia en la calle, por los cigarros, por el papel sanitario –o por el ajustador y el blúmer negro de encaje, el vestido a rayas y la cartera cool– y te sientes «elegida».

Martes

No quieres tentar la suerte al salir dos días seguidos a la calle. El martes es en casa. Te apañas con el pollo de la bodega y adelantas todo en la cocina porque sabes que debes sacar tu látigo. Sí, ese látigo que nunca pensaste usar –al menos como madre– porque eres suave, moderna, creativa, dulce, inteligente, pero que se ha vuelto un aliado sin el cual no hay atención posible. Suenas el látigo contra el suelo, gritas su nombre y acto seguido: «¡Libros, libreta de matemáticas, lápices, goma, computadora y disco duro. Ahora!!!!!»

Suma de fracciones. Es nueva materia. Recuerdas las fracciones, sumaste demasiadas en tu vida, pero te trabas con el mínimo común denominador. Recuerdas que tenía su «con qué». Lees el libro, le explicas, te nota tus dudas, pero tú sigues. Ella mira la clase de matemáticas que has grabado, pasa la voz del maestro a toda velocidad, le gritas que lo escuche bien. La dejas sumando fracciones que le has explicado por primera vez, mientras terminas la comida, tiendes la ropa y barres un poco la sala y la cocina. Revisas lo que hizo y descubres que no te ha entendido. Casi todas están mal. Qué mala maestra has sido. Te recriminas. Le vuelves a explicar, esta vez con más detenimiento. Pero ya le entra sueño, le duele la espalda, casi llora. Pareciera que la torturas. Todo a la vez. Todo en uno. Le enseñas el látigo y se apacigua.

Miércoles

Ya has hecho tres colas hoy. Pan, luego picadillo. Anduviste de suerte y, mientras te entregaban el ticket, se parqueó otro camión con shampoo, desodorante, gel de manos y perfume. No te interesaba ni el perfume ni el desodorante, pero así y todo lo compras porque tienes la compulsión de comprar lo poquísimo que el gobierno ha destinado para ti, y más si alcanzaste el 58 en una cola que parece de 300 personas. Agarras tu ticket y te vas al agro porque te acaban de avisar que trajeron papas (cola número tres). No crees que las puedas sacar, pero ya estás abajo y mientras más, mejor. Marcas. Ahí te toca el 89. Has recibido tantos números en tantas colas por un año que ni la charada te emociona. Sales a las dos de la tarde pero vuelves a estar feliz. Y ahora tu hija sí saltará. Las papas fritas son el sol de su universo.

Fríes un camión de papas fritas y haces hamburguesas con el picadillo. Extrañas los huevos que no tienes. Recuerdas el nido de huevos que comías en aquel restaurante de La Habana Vieja cuando estabas locamente enamorada del padre de tu hija. Se te estruja el corazón extrañando los huevos y sigues friendo. Con el camión de papas vas al sofá y dejas que pase la tarde. Ella contigo, a tu lado, hasta que se harta de ti y de las papas, toma su móvil, sus audífonos y se va al balcón.

Va a su espacio, donde no te deja entrar ni escuchar. Recorre el balcón de una esquina a otra, saltando, cantando, escuchando música casi por una hora, sin parar. Así por tres meses consecutivos. Al principio la dejas y solo te preocupas por la cercanía al balcón. Ha crecido mucho en seis meses y los vecinos me alertan. Un día descubres dos ampollas que tiene en los pulgares de tocar el muro cuando llega a uno u otro lado. Te paralizas. ¿Será un acto obsesivo? ¿Habrá desarrollado un comportamiento compulsivo en esta encerradera? Te dueles. Como te duele ver que todo crece en ella para convertirla casi en una mujer, cuando todavía es una niña.

Hablas con otras madres, «no deja de ir de un lado a otro del balcón». No solo son las ampollas, también el piso por donde camina tiene un brillo particular. Te alivias cuando otras madres te dicen que a sus hijos los están atendiendo por ansiedad, con sensaciones de que no pueden respirar. No sabes qué hacer ni cómo sacarla de eso. Solo te partes la cabeza para copiar el juego que le gusta, por ofrecerle algunos megas de internet. El muro del balcón se convierte en tu enemigo. Te piden paciencia. Intuyes que prohibírselo tampoco será bueno. Sólo le ofreces otras opciones. Poco a poco se hará fanática de The Big bang Theory como tú.

Jueves

Sin ganas de nada —destruida por la espera y el sol, vacía porque solo hablas de comida y planes de colas y la semana se te va esperando tu turno; sin trabajo, a pesar de que han dicho que hay para todos, y es otra mentira—, amaneces deprimida. Tienes la comida que el gobierno quiere que comas, pero cero ganas de cocinar. Día de pastas, pan y agua. Todo el mundo a aguantarse.

Mientras haces los quehaceres de la casa, hilvanas en automático oraciones en tu cabeza, gritos que se te clavan. En cuanto tengas un chance seguro te sientas y escribes.

Viernes

Quieres simplemente dormir en tu sofá, pero te han prometido llevarte en carro a una tienda en MLC. Y no puedes desdeñar el aventón y menos la compañía. No hay nada más triste que hacer una cola de cuatro horas sola y luego regresar a tu casa cargando más peso del que deberías. Tu hija sabe que esta vez sí te demorarás. Tienda en MLC significa un día entero. Pero acepta el sacrificio. ¡Todo por la pasta!

Sábado

Es sábado y esperas a Roberto Carlos. Tienes deseos de dar cariño, de abrazar, de acariciar, de que alguien se quede quieto a tu lado o encima de ti y sólo te deje malcriarlo, decirle palabras cursis y amorosas sin pensarlas. Amor incondicional. Lo necesitas. Sólo esperas que tu hija lo acepte y lo quiera como tú.

Roberto Carlos, Charlie, Coco, llega a tu casa. Es tu primer gato. Jamás te gustaron los gatos y aún así lo traes. Esperas que ella esté orgullosa de tu sacrificio. Después de un año en cuarentena necesitas una bola de pelo para admirar y consentir. Necesitas que Roberto se siente a tu lado para cambiar tu energía. Ahora tú y ella se divierten con sus poses, su silencio y su enorme panza.

Con él y su ronroneo cerca sientes menos el horroroso silencio de la noche habanera. Es tanta la quietud que se te trastocan las horas y las diez parecen las dos de la madrugada.

Domingo

Hoy no utilizas el látigo. Hoy le exiges algún dibujo. Ella prefiere hacer videos y subirlo a su canal de Youtube. Luego se pone a escribir en la única computadora disponible, y no te deja a ti hacerlo, pero estás tranquila. Si al menos una persona de la familia escribe, ya estamos avanzando.

Tu hija te pregunta una vez más cuál es tu trabajo. Tú le dices que no tienes, que ahora te dedicas a escribir, que es lo que más te gusta, y a vivir de los exiguos ahorros. Y quiere sentirse orgullosa de ti. Te quiere leer. Pero entre las posturas ideológicas a contracorriente y las escenas eróticas, ni loca le enseñas algo. Quieres que se sienta orgullosa, pero aún no sabes cómo.

Has cocinado para ella tres veces por día durante un año entero (cada día con su respectiva merienda) y te parece suficiente, pero sabes que no. Y ahí le muestras las compras de la semana, los paquetes grabados, los masajes dados, los regaños, las risas, las canciones que no te deja cantar, tu cuarto tomado por sus planes, los abrazos, tu propio sueño sobresaltado, tu vida dedicada a que no entienda a cabalidad qué pasa afuera para mantenerla a salvo.

Ya se acercan otros siete días de comer, dormir, bañarse, ordenar, suplicar, gritar, cocinar y mantenerse a flote en positivo, sobre todo por ella. El podcast de El Enjambre, tan honesto y simpático, ilumina tu domingo en la cocina. Lo extrañarás. Te queda comida de ayer. Almuerzan juntas y ven el noticiero cultural donde una vez más entregan premios «por la obra de la vida» a un montón de gente. Papeles y papelitos. Te preguntas cuándo te premiarán por este esfuerzo mayúsculo que significa ser madre/psicóloga/maestra/cazadora/recolectora/proveedora/ama de casa/cuidadora de gato/escritora a ratos/defensora de la libertad y mujer.

En la Cuba de hoy se te va la vida saltando de tienda en tienda, mientras apuntas con tu flecha a un paquete de pollo, detergente, shampoo y a una corta lista de etcéteras. No quieres un diploma, no habría papel suficiente, solo quieres que termine este sinvivir desgastante y que tu hija no lo sufra jamás.

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