Maniobras del cuerpo junto a Reinado Arenas

Reinaldo Arenas sustrajo su cuerpo al comunismo cubano. Cada gobierno totalitario tiene sus maneras de adocenar, de hipnotizar a todo un pueblo pero desde esa masa de ovejas siempre alguna levanta el cogote; logra juntar valor y rebelarse.

Hay muchas clases de rebelión, pero la del cuerpo, esa maniobra de usarlo, apropiarse, esgrimirlo, de blandirlo como la última escaramuza antes de  encorvarse,  el escritor Reinaldo Arenas fue un maestro. Hoy hace treinta años que se suicidó. Y esa vez, ya en Nueva York, decidió hacer con su cuerpo lo que quiso: matarlo.

Ese fatídico día dejó una breve carta, su nota de suicidio que culpaba a Castro de ese acto: «Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país.»

Carta de despedida de Reinaldo Arenas

Treinta años después poco ha cambiado o ha cambiado mucho para no cambiar nada.

Desde su natal Holguín recaló en la Habana y allí impresionó a una intelectualidad cubana poco dada a los advenedizos incultos. Él, casi analfabeto, pero con su talento natural logró llamar la atención, entre otros, del poeta Eliseo Diego, que le ayudó a encontrar su voz que resultó una de las voces más originales de la literatura cubana.

En esa Habana Revolucionaria plagada de escuchas, vigilantes y siempre bajo la sospecha, el desembarco de esta otra clase de jóvenes rebeldes acentúa el roce entre los mecanismos de control cultural y los límites expresivos de la cultura que siempre pasan por lo corporal, y es la materia carburante que explota cada una década entre los intelectuales y el gobierno.

Esas maniobras de control y de purgas cíclicas que empiezan con Palabras a los Intelectuales, El Caso Padilla, El Mariel, La Carta de los Diez, La Primavera Negra y en estos días El Movimiento San Isidro y todas las metástasis por venir, es la forma que usa el gobierno cubano para aplacar el descontento, la apatía y junto a prebendas (casas, automóviles, viajes al extranjero, puestos burocráticos, ancho de banda en internet o líneas  telefónicas libres de costo)  que se han ido empobreciendo a razón de la degradación económica de las arcas estatales, diluye los conatos de rebelión.

Son artimañas quirúrgicas para extirpar del cuerpo de la nación, para ellos el cuerpo de la revolución, ese cáncer de la rebelión, esa enfermedad de la libertad que no cabe dentro de los manuales procesales de los funcionarios cubanos y con ahínco enardecido los extirpan como mismo se saca una muela infesta.

En el año ochenta logró hurtar el cuerpo al comunismo Reinaldo Arenas, se logró fugar en el éxodo del Mariel, pero solo cambiando el nombre a su cuerpo que nombró Reinado Arinas, intercambiado esa vocal escapa de una isla de la que nunca, como casi todo el exilio, logró librarse.

Ya había publicado dos de sus libros más importantes: Celestino antes del alba, en Cuba, que le posibilitó un reconociendo dentro de los colegas y quizá su mejor obra: El mundo alucinante esta vez, fuera de la isla debido a la censura por los pasajes homoeróticos, primero en Francia y luego en México.

Dos años estuvo preso en la cárcel de Morro, esa cárcel con larga data en aprisionar y fusilar a disidentes desde la colonia. Allí se agrió mucho más su vida, y se acrecentó su rencor. Un rencor que logró canalizar en su escritura y en su cuerpo, muchas veces disfrazándolo y disfrazándose de uno de sus propios personajes llenos de hipérboles como manifiesta en su aclamada autobiografía Antes que anochezca.

Alguna vez se presentó a sí mismo y nos dijo: «Soy una persona disidente en todos los sentidos,  como aquí se dice, porque no soy religioso, soy homosexual y a la vez soy anticastrista, es decir creo que reúno todas las condiciones para que nunca se me publique un libro y para vivir al margen de toda sociedad en cualquier lugar del mundo”.»

El caso Reinaldo Arenas nos demuestra una vez más los usos y métodos de control usados periódicamente desde el poder revolucionario en Cuba para aplacar el descontento, para aniquilar cualquier grado de rebelión o disidencia: ya sea política o corporal, su biografía y la de muchos otros, nos demuestran que para la revolución cubana tu cuerpo y tus ideas no son tuyas sino una anodina expresión y despliegue de su obra.

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