Mil maneras de morir accidentado

Hay un momento de la pelea política donde no existe el azar.

Los estados totalitarios construyen la realidad. Fabrican vidas, también muertes.

No es la muerte lo que temo, sino el supuesto accidente mediante el cual esa muerte pudiera ocurrir.

Despolitizar la muerte es la mejor manera de anularte como individuo.

No creo que, en los días de mi huelga de hambre, el poder me quisiese muerto, porque el control me pertenecía.

Había cargado mi cuerpo de significado político; les había arrebatado los hilos del relato.

Eso ocurre cuando uno se adelanta. Desde que entendí la importancia de adelantarse, trato de adelantármele a la dictadura todo el tiempo. Dos pasos más allá.

Requiere esfuerzo, concentración, pero es posible. Es lo que uno hace cuando escapa hacia la libertad.

Los perros de presa y los capataces van detrás tuyo. Ladran, vociferan, arman bulla, pero no te pueden ver. Ni saben quién eres, ni entienden dónde estás.

Estas imágenes, oscuras, borrosas y trágicas, captan ese posible estado final.

Porque los modos casuales en que puedo morir son modos que el poder ya ha pensado, un azar que el dios de la dictadura ha tejido de manera minuciosa.

Si mañana, por ejemplo, salgo a la calle y alguien me ataca, ese ataque no sería fortuito. Hay detrás una campaña de descrédito, un discurso de odio hacia mí, amplificado por la televisión y los otros medios de difusión estatales, que explicarían el acto criminal.

No son suposiciones, sino posibilidades que yo también pienso mucho; desenlaces que no deseo, pero que no puedo alejar de mi cabeza. Así imagina uno cuando se mete a fondo en la pelea política.

Todas esas muertes van detrás del arte. Aquí me adelanto.

Soy negro, soy un artista. Todo lo que la dictadura tiene pensado hacerme no puede nada contra la imaginación.

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