No reemplacemos una bestia con otra

LA HABANA, Cuba. – Va de cabeza al fracaso quien decida enfrentar como líder a una dictadura partiendo de exclusiones sociales, practicando una suerte de “selectividad” que, a fin de cuentas, no es otra cosa que segregación. Y de estas no hay “buenas”, “malas” o “regulares” porque en un proyecto político-social que pretenda sumar adeptos, y estar a tono con los tiempos, ciertas demarcaciones son contraproducentes, más cuando quien las establece se ha lanzado a una carrera política nada fácil.

Hay en Cuba un monstruo dogmático, retrógrado, camaleónico y totalitario al que vencer y ningún movimiento o partido opositor tendrá oportunidades si, de inicio, olvida o ignora que todo cuanto evoque a esa bestia automáticamente lo transformará en parte de ella. Porque de esos “patinazos”, chapucerías y torpezas del contrario se alimenta la bien estructurada maquinaria ideológica del Partido Comunista de Cuba.

No solo es desafortunado el ejemplo homofóbico, transfóbico y machista usado hace unos días por Eliécer Ávila, sino que es una imperdonable estupidez, agravada si tenemos en cuenta sus anteriores “bromas” heteropatriarcales como aquella de “sacarle crías” a una mujer, como si se tratara de un animal de corral.

Después de soltar tales burradas no valen las disculpas. Por “descuido” o con total mala intención ha habido un ataque, violento en tanto discriminatorio y burlón, por parte de Eliécer Ávila contra una comunidad que, a diferencia de muchísimas otras al interior de Cuba, no le han temblado las piernas para lanzarse a las calles y reclamar derechos a viva voz, sin esperar permisos de nadie.

Porque, aunque algunos medios de prensa desde la ignorancia han querido marcarla como tal, no fue aquella marcha LGBTI+ independiente, de mayo de 2019, la primera de las batallas, ni mucho menos fue la bandera del arcoíris ondeando hace unos días en el edificio del MINSAP la única conquista, sino el millar de peleas de “pájaros” y “tuercas” —con orgullo profundo de ser “pájaros” y “tuercas”— contra policías y “cheos” ya a las puertas del cine Yara, en el Parque Lenin, en Mi Cayito, o en el Parque Vidal de Santa Clara.

Ni las pateaduras de los años 70 y 80, ni los encarcelamientos ni los exilios, mucho menos las censuras y prohibiciones que aún persisten, las amenazas de exterminio del Che y Fidel Castro contra los “más flojos” de la “nueva sociedad comunista”, pudieron contra la dignidad de lentejuelas, “plumas” y “nalgas moviéndose como si mascaran chicles”.

Entonces, ¿por qué agredir a un grupo social históricamente marginado, burlado, escarnecido pero que jamás ha mendigado sus espacios sino que los ha conquistado a sangre y fuego, lo mismo en tiempos de gulag que en estos de ahora, un poco menos crueles que antes en cuestiones de sexualidad aunque no de derechos humanos en general?

¿Por qué en este momento preciso en que el régimen homofóbico —creador de las oprobiosas UMAP en los años 60— quiere tomar ventaja, desviar nuestras atenciones, posando de “progre” y “tolerante” ante la opinión pública internacional con un nuevo “Código de las Familias”, pero sin antes ofrecer las obligadas y necesarias disculpas por tanto crimen cometido en nombre de las “buenas costumbres”, la “normalidad” y el antojo de crear el “hombre nuevo”?

Son, para el Partido Comunista de Cuba, tiempos de simulaciones y de acentuar diferencias. No le facilitemos las cosas. Esta misma semana de las ofensas de Eliécer Ávila contra la comunidad LGBTI+ también ha sido momento de un “extraño”, “súbito”, enfrentamiento entre grupos en internet afines al oficialismo o que gravitan como “socialistas reformistas” en torno a este.

Comunistas de “nuevo tipo” en apariencias reaccionando contra una supuesta corriente “estalinista” (representada por un tal “Movimiento Comunista Cubano”) que propone un retorno a los tiempos de tolerancia cero, de mano dura, probablemente intentando de ese modo proyectar y sembrar en nuestras mentes la idea de que lo más retrógrado y reaccionario de los “viejos” comunistas cubanos ya no forma parte de su núcleo dirigente sino que se ha mudado o sobrevive aislado en un pequeño grupo de apenas medio millar de seguidores.

Incluso reconocidas voces del oficialismo han llamado a “cerrar filas” contra esos  estalinistas caídos del cielo apenas recordando las “parametraciones” en el ámbito de la Cultura, a raíz de aquel congreso nefasto de 1971, y los horrores de los campos de trabajo forzado para gente de “conducta impropia”, pero a la vez pretendiendo ignorar (o que ignoremos y de paso perdonemos nosotros) episodios recientes, a los que asistimos por estos días con horror, en donde el espectro homofóbico peligrosamente se mueve desde la censura de un beso entre dos mujeres en una película hasta la desfachatez de un “periodista” que busca desacreditar a un opositor cuestionando su sexualidad, mostrándolo vestido de mujer.

Fue esta misma semana que un chofer de taxi en La Habana se negó a transportar a un cliente por el hecho de ser homosexual. El incidente trascendió a las redes sociales y en menos de 24 horas el CENESEX tomó cartas en el asunto y, probablemente, el caso llegará a los tribunales como un delito de discriminación.

Cuando observamos la conjunción de hechos, incluida la próxima aprobación del Código de las Familias, sin dudas alguien igual de homofóbico estaría a punto de anotarse un tanto a su favor en asuntos de respeto a la diversidad sexual, pero no será Eliécer Ávila, que con su más reciente comentario ha espantado a muchos de sus simpatizantes.

No entiendo ni de “coincidencias” o de ingenuidades cuando pongo los hechos en contexto. Debe haber consciencia, meditación y responsabilidad total en cada palabra usada por alguien que aspira en algún momento de su vida a tomar las riendas del poder de una nación y, en consecuencia, es deber de quienes aspiramos a un modelo justo e inclusivo de sociedad para Cuba, impedir que persistan y se reproduzcan actitudes discriminatorias de cualquier tipo.

Mal encaminado estaría el líder o influencer que no coloque en el centro de su discurso y propósito, de modo inteligente, desprejuiciado y conciliador los temas de género, los derechos y la diversidad sexuales porque para los cubanos y cubanas no se trata de un tema más, accesorio, en una agenda política “tradicional” sino de un asunto pendiente que, como los de la racialidad y el racismo, atraviesan y condicionan el resto de los problemas por resolver como nación.

Del monstruo que constituye la dictadura no se puede elegir para luchar contra él solo aquel pedazo que no nos gusta, dejando intacto aquel que nos agrada o con el cual “simpatizamos” en virtud de nuestros prejuicios. Hoy un líder verdadero debe comprender que el destino de un país es una responsabilidad suprema y que no se maneja como una cuenta de Facebook donde elegimos quién nos sigue o donde silenciamos o discriminamos a quien nos estorba, sin consecuencias.

Con una mentalidad atorada en lo peor de los años 70 del siglo pasado no se puede soñar y mucho menos construir un mejor país del siglo XXI. “Si tienes por rey a un déspota, deberás destronarlo, pero comprueba que el trono que erigiera en tu interior ha sido antes destruido”, escribió Kahlil Gibrán. Y Eliécer Ávila debiera tomar el consejo por su propio bien.

En nuestras circunstancias, plagadas históricamente de episodios de homofobia, machismo, feminicidios y discriminaciones si un monstruo intolerante venciera al actual en batalla, el resultado no será una victoria sino el remplazo de una bestia con otra.

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