Nuevo año a la cubana

Este nuevo año la cosa está bien apretada para los cubanos. Siempre lo ha estado, pero 2020 pareció ensañarse con los que vivimos en la isla. No bastó una pandemia, una crisis tremenda, una represión que crece y crece. Para colmo de males, el gobierno sumó una preocupación más.

En medio del desastre, desde «arriba» llegaron noticias nefastas: el peso convertible se fue de circulación, y los precios de cualquier cosa han subido una barbaridad.

Un periodista con una sonrisita en la boca lo repitió: ahora todo el mundo va a tener que trabajar de verdad, el gobierno no va a subsidiar más nada. Incluso en la televisión nacional tuvieron el descaro de salir a la calle y preguntarle «espontáneamente» a la población. Dos o tres ciudadanos, con miedo, dijeron que sí, que apoyaban las medidas y que iban hasta el fondo con la Revolución.

Me llamó mucho la atención. Nadie está hablando de Revolución. De lo que se está hablando, lo que se está poniendo en la mesa, es una cuestión bien sencilla: los ciudadanos de la isla, que ya vivimos con el agua al cuello, ahora vamos a pasar mucho más trabajo para sobrevivir. Para sobrevivir a duras penas.

Entonces, ¿por qué se habla de Revolución? ¿Por qué se invoca a Martí, a los símbolos patrios…? ¿Por qué en los medios nacionales hablan de cosas intangibles?

Nadie sale en pantalla para explicarle a la maestra, a la doctora, a la ama de casa cómo van a poder mantener a sus hijos. Así de simple, sencillo. Nadie sabe cómo va a poner un plato de comida en la mesa.

Pero la gente calla cuando les ponen una cámara delante. Sabiendo que viene difícil, muy difícil, la gente prefiere no enfrentarse, y acomodarse. «Total, a todo uno se acostumbra; a esto lo que hay es que cogerle la vuelta», me dice un amigo taxista mirándome a los ojos.

El socio ya la tenía clara. En fin de año le dijo a su señora: «Mi vida, esta vez nosotros no comemos puerco. Esos pedacitos de pollo que hay ahí en el refrigerador, los metemos en el horno y con eso celebramos».

Mi amigo el taxista tampoco lo pasó en familia. Comió y enseguida cogió la calle, porque el 31 es el día que más dinero se hace. Como un caníbal, salió con el cuchillo en la boca a cobrar una barbaridad. Total, si él también tiene que pagarle una barbaridad a cualquiera por un puñado de ajos o de cebollas.

En los medios nacionales salen muchos dirigentes, pasados de peso, e incluso alguno se atreve a hablarnos a nosotros, «el pueblo», con cierto desdén, como si fuera un padre bravo con su hijo. A cada rato dicen que no van a aceptar la subida de precios de los particulares. Claro, los únicos que pueden subir los precios son ellos.

Después de más de 60 años, duros, con el cansancio arriba, con la decepción, el fracaso, viendo cómo el país se desangra por la emigración de sus hijos, nuestros padres y abuelos ahora van a tener que salir a lucharla de verdad. ¿Ahora? No, señores de la televisión. Aquí desde hace mucho la gente tiene que hacer magia para poder vivir un poquito.

¿Adivinen de quién es la culpa de esto? No es de nosotros, señores dirigentes. Eso sí, para hablar de patria, de país, de vencedores, para discursos triunfalistas, para eso sí tienen el uno. Es algo súper sabido que los dirigentes socialistas, comunistas, revolucionarios, no viven como el resto de la población, no comen lo mismo, no cogen transporte público. En fin. Lo que sí tiene un aire nuevo, y con nuevo no quiero decir bueno ni fresco, es que ahora es más difícil llenarse la boca con eso de que la Revolución no abandona a nadie.

Las máscaras se han caído. La gente entiende. La gente sabe.

En un país donde la mayoría de las tiendas son en moneda extranjera, con precios prohibitivos, donde es casi imposible encontrar lo necesario para subsistir; en un país donde esta «nueva normalidad» nos ha dejado un montón de policías y militares en las calles, cuidando el interés de los gobernantes; en un país donde la incertidumbre y el atropello nos está llevando al salvajismo; en un país que ha fracasado y que quiere seguir exprimiendo a sus pobres habitantes para mantenerse a flote… en este país a todos nos ha quedado bien claro que nosotros, el pueblo, no importamos.

Entonces me pregunto: ¿por qué nuestros gobernantes aparentan sus supuestos triunfos ante quienes sabemos que nada funciona? Señores, ustedes han perdido. Y nos han perdido. Es obvio que el país está muerto. Lo pueden llenar de pancartas triunfalistas, da igual, la calle está desolada. Solo quedan ustedes, los hoteles que siguen construyéndose, las tiendas que no son para el pueblo, sus ofertas para foráneos.

Hoy salí a dar una vuelta por la zona, a ver si encontraba algo para celebrar, y no pude acceder a nada. Las colas en cualquier tipo de establecimiento para conseguir comida daban la vuelta a la esquina. Otros tres amigos se fueron a inicios de año, lejos, bien lejos, a ver cómo acaba esta película desde otro lugar.

Naturaleza muerta, souvenires, postalitas para la izquierda latinoamericana. Eso es lo que somos, poco más.

A lo lejos escucho un martillo, un golpecito en la oscuridad, un ruido en la nada. Un hombre monta un cartel que reza: «VAMOS BIEN».

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