Ojos que te vieron ir… Cubanos opinan sobre la escasez de productos en la Isla

LA HABANA, Cuba.- El desabastecimiento en Cuba ya no es novedad. Incluso en los “buenos tiempos”, catalogados como tal por el mero hecho de poder acceder a lo necesario sin hacer horas de cola, han escaseado bienes que en ningún lugar del mundo constituyen lujos; desde el aceite de oliva y el yogurt, hasta las toallitas húmedas o los pañales desechables. Pandemia y crisis económica se han conjugado para que los cubanos limiten al máximo el horizonte de sus deseos, así como el recuerdo de lo que hasta hace dos años podían comprar, con cierta regularidad, para abastecer sus menguadas despensas.

Cuando se habla de comida, los habaneros piensan automáticamente en el pollo, único cárnico que se vende en la red estatal de tiendas, y que alterna en las mesas de los hogares con perritos (salchichas) y picadillo mixto. Las opciones se han reducido casi exclusivamente a esos tres platos “fuertes”, cuyo acompañamiento también se ha visto amenazado por el hecho de que no alcanzan el arroz y los frijoles de la canasta básica, las viandas han desaparecido de las tarimas de los agromercados, y las pastas son ahora privilegio, como tantos otros bienes, de los que poseen moneda libremente convertible (MLC).

CubaNet conversó con los ciudadanos para determinar cuáles productos se les dificulta más conseguir, y cuáles han dejado de consumir por completo a causa de la escasez crónica que asola al territorio nacional. Contrario a lo que pudiera esperarse de quienes viven en un país con crisis de liquidez y dependiente de las importaciones, casi todos los entrevistados echan de menos la carne de cerdo, un producto nacional que desapareció de los puntos de venta apenas inició la pandemia.

En 2020 se producían solo 6 mil toneladas mensuales de las 17 mil necesarias para satisfacer la demanda a nivel nacional, según precisó al diario oficialista Granma el entonces ministro de agricultura, Gustavo Rodríguez Rollero. Aunque la prensa estatal no ha publicado datos recientes sobre la producción porcina, todo parece indicar que el declive ha tocado fondo. En las tarimas de oferta y demanda ocasionalmente venden recortería y ahumados, en muchos casos con evidente mala calidad en su elaboración.

En el mercado negro y sus diversas vías de gestión, la libra de carne de cerdo, cuando aparece, se cotiza entre 120 y 200 pesos la libra (5-8 dólares al cambio oficial); mientras que en los sitios digitales de venta en MLC habilitados por el régimen para que los emigrados puedan paliar el hambre de sus familiares en Cuba, el surtido es frecuente, y los precios muy convenientes para una cúpula que busca exprimir todo el dinero posible a los cubanos residentes en el exterior, fundamentalmente los Estados Unidos.

Los cubanos que no tienen parientes o amigos fuera de Cuba han quedado al margen del segmento de consumidores que interesa al gobierno. Los salarios en moneda nacional son incompatibles con los precios del mercado negro, donde la inflación está descontrolada a pesar de las estrategias que, según aseguró Marino Murillo, complementarían la Tarea Ordenamiento para evitar el incremento desmedido de los costos.

Algo similar ha ocurrido con la carne de ovejo (carnero), que tenía altísima demanda por ser su venta legal y menos cara. La opción más socorrida por enfermos convalecientes y personas con anemia dejó de existir. No hay carne roja en ningún punto de venta, como tampoco hay huevos, leche, frijoles, puré de tomate, detergente, agua de colonia, aceite, vinagre y un largo etcétera que a juzgar por el estado general de la economía, los insulares no volverán a adquirir en condiciones de normalidad a corto plazo.

La población se ha acostumbrado tanto a comer lo que aparece, cuando aparece, que le cuesta hablar de lo que falta. Queso, mayonesa, mantequilla, café, mariscos, pescado… son quimeras que escapan a las posibilidades de los cubanos, verdaderos expertos en sustituir importaciones con lo que sea que el gobierno tenga a bien venderles. Pollo todos los días para quienes logren comprarlo en la tienda, o dispongan de dinero suficiente para pagarlo a sobreprecio; pan con azúcar para mitigarles a los niños el deseo de comer confituras que solo se venden en dólares; y refresco a granel para sustituir el consumo de lácteos en el desayuno, marcan la miserable rutina de un pueblo que no ve la luz al final del túnel.

Ni los topes de precios, ni la Tarea Ordenamiento, ni los controles y sanciones al sector privado han logrado conciliar el moribundo y a la vez enloquecido comercio interior con el salario de la población. La disminución en la venta de alimentos ha llegado a las tiendas en MLC, donde predominan las cajas de cerveza y productos en conserva; de modo que muchas veces no se resuelve ni siquiera con el dólar, que en el último mes subió de 48 a 50 pesos, inalcanzable para el bolsillo proletario.

En medio de una situación que tiene al país al borde de la ingobernabilidad, el régimen guarda silencio excepto para quejarse del embargo estadounidense. El desamparo de los cubanos se hace cada día más visible y la desesperación estalla en las innumerables colas que serpentean por toda La Habana. Sin liquidez ni reformas eficaces, pronto no quedarán opciones para mantener la hambruna a raya.

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