Ordenamiento económico y terapia de choque: cambiar todo para que nada cambie

 

Marino Murillo Jorge (Foto: Captura de pantalla / Mesa Redonda)

MADRID, España. – Marino Murillo Jorge, jefe de la Comisión de Implementación y Desarrollo de los Lineamientos en Cuba, ha explicado a los diputados el proceso de ordenamiento monetario que comenzará el próximo 1ro de enero, insistiendo que no habrán terapias de choque en la aplicación de las distintas medidas.

Para empezar, sería conveniente ponerse de acuerdo sobre qué se entiende por terapia de choque. Murillo atribuye las mismas a los enfoques de política económica de los organismos internacionales especializados, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), tantas veces denostados por el régimen cubano. Sin embargo, mucho peor que esas terapias de choque es guardar cola durante horas en una desvencijada y vacía bodega estatal cubana para comprar algún artículo de alimentación o de aseo, y que, cuando llegue el turno, simplemente se acabe el producto. Las primeras terapias sacan a los países de las crisis y recesiones. Las segundas han obligado a los cubanos a malvivir durante 61 años.

Ciertamente, el régimen cubano puede ofrecer un amplio catálogo de terapias de choque relacionadas con el reparto de la miseria, pero entrar en esta polémica no vale la pena.

Murillo lleva razón al señalar que la tarea ordenamiento es un proceso complejo, tomando en cuenta que no existen movimientos en Cuba de tasas de cambio oficial. Tal vez debería conocer el mercado informal de cambios que circula en La Habana y en las grandes capitales. Cierto es que el régimen comunista no tiene la menor intención de observar el comportamiento de la economía real, ya que se mantiene alejado de estas tendencias. Pero cualquiera le diría que el cambio que quedará establecido a partir de 2021 (un dólar x 24 pesos cubanos) no existe en el mercado informal, donde la divisa ya alcanzó los 44 CUP.

De igual modo, asumir en el sistema empresarial estatal una devaluación del 2 300%, llevando la tasa de cambio a la misma escala antes citada, no parece muy razonable. No hay experiencias de procesos similares en el pasado. Las consecuencias pueden ser imprevisibles.

Murillo también lleva a razón cuando dice que el nivel de inflación que se va generar en la economía es difícil de calcular. Algo es seguro: siempre que hay devaluación tiene lugar un crecimiento de precios. Pero además, como la economía no se detiene, también es cierto que una inflación en aumento acaba generando devaluación. Salir de ese círculo vicioso que provoca una espiral de precios en la economía exige decisiones rigurosas de política económica, de control de déficit y búsqueda del equilibrio externo.

Además, Murillo sabe que implementar la devaluación de una moneda no siempre provoca una mejora en la disponibilidad de divisas. De hecho, la devaluación es una medida útil para economías en estancamiento, con bajo nivel de crecimiento económico y desempleo, con bajos niveles de utilización de capacidad productiva y que han acumulado un récord inflacionista que merma su competitividad. En estos casos, la devaluación puede ser una estrategia correcta. Pero en el caso de Cuba, es difícil identificar en los fundamentos de la economía ese diagnóstico.

Por eso, cuando Murillo plantea como uno de los objetivos a lograr con la tarea ordenamiento la  redistribución diferente de los recursos disponibles en la economía, con especial atención a los subsidios y gratuidades indebidas, entra de lleno en el terreno de las terapias de choque que, necesariamente, se tienen que tomar.

Es evidente que uno de los males de la economía cubana se encuentra en esas empresas estatales ineficientes, mal dotadas de recursos, con bajo nivel tecnológico y plantillas infladas que merman su productividad, que obtienen sus productos a unos precios muy elevados, que en ausencia de señales de mercado, obligan al régimen a otorgar subsidios para que sus precios puedan ser accesibles para una población con los niveles salariales nominales más bajos del mundo. Poner fin a este círculo vicioso será uno de los principales retos de la tarea ordenamiento, pero no parece que se vayan a conseguir los objetivos cuando se atiende a las referencias que sirven de base para las políticas.

Murillo dice que se trata de “repartir la riqueza de manera diferente y asumiendo retos”, para lo cual planteó la idea de rescatar el trabajo como vía principal de generación de riquezas, eliminando trabas y frenos a las fuerzas productivas. El planteamiento es acertado, pero no se corresponde con la realidad, porque si se trata de establecer una relación del salario con la productividad, que es la única forma eficiente de ligar la relación entre las dos variables, el diseño ofrecido por Murillo consiste en fijar el salario mínimo en valor 1,3 veces lo que supone una canasta de referencia, lo que incrementa el fondo de salario en Cuba a 139 000 millones de pesos cubanos.

Determinar el salario en función del valor de esta canasta -las primeras estimaciones indican que el salario representa 1,5 veces la canasta y que alrededor del 50% del salario en Cuba se gasta en el sector presupuestado, el resto en las empresas- es perder de vista completamente el enfoque de la productividad del trabajo y apostar por una definición del salario como gasto que complica notablemente esa redistribución diferente de la riqueza nacional de la que habla Murillo. Sería necesario desprenderse de este enfoque porque lastra la definición de las principales variables de la economía haciendo que todo recaiga en el estado, sin promover la participación privada.

Otro ámbito de reforma de la tarea ordenamiento es el que representan los salarios. De hecho, se plantea una reforma integral de salarios para eliminar las distorsiones existentes. Se habla de intenciones porque no todas las distorsiones se han podido resolver. De hecho, las reformas salariales en el paraíso de los trabajadores han estado ausentes y Cuba estuvo casi dos décadas desde 1960 hasta 1980 sin modificar salarios, de modo que esta variable no presenta la sensibilidad necesaria a la coyuntura de corto plazo.

Lanzarse a una reforma de salarios sin soporte de productividad del trabajo puede conducir a una inflación de costes unitarios en las empresas que acabe limitando los efectos benéficos de la devaluación en términos de competitividad exterior y rentabilidad. Murillo sabe lo difícil que es lograr con esta panoplia de medidas un mayor crecimiento de la economía y lograr la consolidación del peso como reserva de valor.

Murillo es igualmente optimista al señalar que el ordenamiento monetario favorece la eliminación de trabas al sistema empresarial y las 43 medidas contenidas en la llamada Estrategia. Una tesis falsa, ya que ni es cierto que el ordenamiento facilite la eliminación de trabas ni tampoco que la Estrategia se dirija a lograr este mismo objetivo. Estrategia y tarea ordenamiento son como agua y aceite, y acabar vinculándolas puede llegar a ser perjudicial y, desde luego, un grave error. Lo que necesita la economía cubana son reformas estructurales de gran calado y no meros cambios superficiales.

Murillo se mostró optimista porque la tarea ordenamiento modificará la estructura de gastos del sistema empresarial, haciendo que las materias primas importadas cuesten más que las nacionales y obligando a las empresas a estimular el crecimiento interno. Una idea acertada sólo si existe oferta sustitutiva en la economía nacional para aquello que se compra en el exterior. Hay dudas de que la economía cubana pueda lograr este objetivo incluso a medio plazo, cuando los efectos de la devaluación ya estén agotados.

También afirmó que considera posible frenar el aumento de los precios mayoristas con el nuevo tipo de cambio de 1 x 24, asegurando así la contención inicial de los procesos inflacionarios que se van a provocar tras la devaluación, pero existen dudas de que ello sea así, en caso de que las empresas no quieran experimentar un descenso inmediato de su rentabilidad.

Con respecto a los exportadores, se planteó la disponibilidad de las divisas obtenidas con la venta, si bien es cierto que no todos los ingresos podrán ser capitalizados por las empresas. En ese sentido, explicó que todos los exportadores se quedarán con el 80% de los ingresos de esta actividad de exportación (el estado retiene el otro 20%). En el caso concreto de ventas a empresas del Mariel, se retendrá el 80% de divisas e igualmente se pueden obtener divisas con aquellos productores que exportan o sustituyen importaciones y con los que vendan a las tiendas minoristas o mayoristas que comercializan productos en MLC.

La diferencia con la situación anterior, en la que el Estado recaudaba las divisas y después las distribuía, no supondrá un cambio significativo si las empresas no pueden destinar el fruto de los ingresos para atender sus prioridades. Otra reforma que se queda a medio camino ya que lograr que los mecanismos de asignación de divisas sean más flexibles y descentralizados no garantiza un uso eficiente de las divisas en el sistema empresarial. En suma, Murillo informó sobre la creación de un mercado cambiario para las empresas cubanas a partir de las operaciones de venta de dólares entre entidades.

El funcionario también advirtió sobre la provisionalidad del tipo de cambio fijado para el peso con el dólar, asegurando que su estabilidad no tiene por qué suponer un mantenimiento a ultranza del mismo, y que si se produjeran las condiciones idóneas, se podrá tener otro. Es decir, devaluar el peso. Este sería un reflejo que debería tener muy en cuenta la cotización del dólar en el mercado informal y la evolución de la inflación tras la devaluación.

Planteó igualmente dejar atrás las cuentas de liquidez (CL) que se utilizan en el sistema empresarial, calificándolas de mecanismo de control de cambio que otorgan una autorización por su importe para comprar divisas, y que ya no será necesario desde el momento que el empresario reciba el 100% de las divisas generadas por sus ventas al exterior. Sin embargo, el procedimiento diseñado para el control de las divisas por el estado es realmente complicado. La operatoria pasa porque la empresa nacional facture a la tienda en pesos, la tienda los transforma al tipo de cambio vigente y le vende al banco los dólares. De igual modo, la tienda paga a la empresa en pesos y le traslada al banco que le ponga el ingreso de la empresa en la cuenta CL.

Murillo piensa que en este nuevo escenario cambiario se podrán estimular los encadenamientos productivos, que se compre más a los productores nacionales en lugar de importar. Pero si este proceso ocurre será necesario que se produzca la reacción de las empresas y que exista esa oferta nacional que facilite los encadenamientos. Está bien pensar en estos vínculos, pero se tiene que asegurar materia económica suficiente para lograr el objetivo. Por ejemplo, no se ha pensado en la mayor agilidad del sector privado para cubrir en un corto período de tiempo estos espacios de complementariedad entre los distintos actores económicos.

Por muchas veces que insista en lo contrario, Murillo no puede evitar que se perciba detrás de la tarea ordenamiento y de la Estrategia una acción para centralizar la economía, aumentar la intervención estatal en la economía y reducir la capacidad de crecimiento del sector privado emprendedor. Este se enfrenta a un escenario incierto, en el que resultará muy complicado equiparar las condiciones de las empresas y los trabajadores por cuenta propia, cooperativas, emprendedores privados. Confiar esa equiparación a un tipo de cambio único es un despropósito. El sector privado en Cuba se encuentra en una clara situación de inferioridad respecto al empresarial estatal y el presupuestado, y nada hace pensar que esta situación vaya a cambiar.

Murillo también hizo referencia al enfrentamiento a los precios abusivos y especulativos, y ejemplificó que los precios en las ventas minoristas crecerán 1,6 veces, mientras que los precios en el Estado prácticamente no suben, quedando los aumentos de precios solamente para los productos a los que se eliminan los subsidios. Todo ello provocará cambios en los precios relativos, con sus consecuencias en términos de bienestar. Murillo sostiene que el sector estatal no será el origen del incremento de precios, pero debería reconocer que las elevaciones salariales del año pasado han provocado tensiones inflacionistas latentes, vía costes unitarios de producción, que no se han disipado desde entonces,

El problema está en las formas de gestión no estatal, sector que vende 19 000 millones. “Hay quien actúa muy irresponsable”.

Concluyó su intervención aludiendo a los “elementos objetivos para que se produzca la inflación: subida de ingresos, déficit de oferta y la subida de los costos en el sector por cuenta propia” en la venta por el sector no estatal por 19 000 millones de pesos. De su responsabilidad depende que este sector pueda producir más y mejor, y con ello alejar las tensiones inflacionistas.

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