Persiste desinformación sobre vacunas contra el SARS-CoV-2 en Cuba

LA HABANA, Cuba.- Hace poco una vecina de 89 años me comentó que la habían vacunado contra la COVID-19. Afirma que le pusieron una inyección, aunque no sabe de qué. Supone que a mí no me visitaron porque de momento se está inmunizando a los mayores de 80 años. Y es que la mayor parte de la población cubana carece de información sobre las vacunas contra el SARS-CoV-2, los protocolos de un ensayo clínico y los derechos de sus participantes.

Nadie desconoce que la COVID-19 puede causar síntomas y secuelas graves, e incluso la muerte. Pero muchos cubanos ignoran que una de las medidas para protegernos es la vacunación. Así como algunas personas se han dejado inyectar sin saber con qué, no pocos se niegan a recibir la vacuna incluso cuando concluyan los estudios. “Que vayan a inyectar a la madre de Díaz-Canel”, exclamaba un joven en el policlínico.

La primera vez que alguien se infecta con el SARS-CoV-2 (el virus que causa la COVID-19) su cuerpo puede demorar en desarrollar los anticuerpos necesarios para vencer la infección. Después, su sistema inmunitario recuerda cómo proteger al organismo si se repite el contagio. Las vacunas “enseñan” a nuestro organismo a identificar y destruir una proteína exclusiva del SARS-CoV-2, de modo que si ocurre el contagio nuestro cuerpo pueda combatir mejor la infección.

Las vacunas contra la COVID-19 se basan en investigación y tecnología que ha existido por décadas. Se ha estudiado a muchos miles de personas, y esto ha posibilitado que las vacunas se desarrollen con relativa rapidez. En el mundo existen ya varios tipos de vacunas autorizadas contra este virus. Ninguna de ellas puede causar la enfermedad.

El desarrollo de una vacuna comienza por estudios de laboratorio y en animales (estudios preclínicos). En la fase I de los ensayos clínicos la vacuna candidata se estudia en humanos por primera vez para determinar el tipo de respuesta inmunológica que provoca. En la fase II participan varios cientos de personas, con un grupo de placebo. Aquí se estudian las dosis y el método de aplicación. Durante todas las fases se evalúa la seguridad de la vacuna. En la fase III se estudia a miles o decenas de miles de personas, ya que algunos efectos secundarios podrían no ser evidentes en grupos más pequeños durante las fases anteriores.

De acuerdo al doctor en Ciencias Eduardo Martínez Díaz, presidente del grupo empresarial de las Industrias Biotecnológica y Farmacéutica (BioCubaFarma) (Granma digital, 17 de marzo de 2021), en el desarrollo de las vacunas cubanas contra la COVID-19 participaron instituciones de experiencia en el ramo como el Instituto Finlay de Vacunas y el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.

El científico explica que se estructuraron los sistemas productivos de modo que se pudiera disponer de millones de dosis. “A más tardar en agosto habremos fabricado las dosis requeridas para inmunizar a toda nuestra población, y luego seguiremos produciéndolas, a fin de suministrarlas a otros países amigos”, concluye. Por supuesto que no podían faltar los planes de comercialización hacia el extranjero. El ansia de exportación en todos los rubros posibles ha sido una constante en la política castrista de todas las épocas.

Según la directora nacional de Ciencia e Innovación Tecnológica del Ministerio de Salud Pública, Ileana Morales, se harían “estudios de intervención en poblaciones que epidemiológicamente son de muy alto interés (…); un posible registro o aprobación de uso de emergencia y luego una vacunación a escala poblacional empezando en grupos de riesgo en todo el país” (El País, 25 de marzo de 2021). En el estudio participan también Irán, adonde se han enviado 100 000 dosis de Soberana 02, y Venezuela (60 000). Según las autoridades cubanas, para finales de 2021 estaríamos vacunados todos los residentes en la isla y se dispondría de millones de dosis para exportar.

Estas declaraciones prematuramente optimistas, la ausencia de información detallada en los medios oficialistas y el desconocimiento de la población cubana sobre el tema han creado la falsa expectativa de que en Cuba algunas personas ya fueron vacunadas. Hasta hace poco, las vacunas cubanas contra la COVID-19 aún se encontraban en fase de ensayo clínico. Por lo tanto, las personas que hayan recibido inyecciones de cualquiera de los prospectos cubanos deben tener claro que fueron sujetos de prueba. No fueron inmunizados ni están protegidos. Incluso podrían haber recibido un placebo y no la vacuna.

La institución encargada de diseñar, coordinar y ejecutar ensayos clínicos en nuestro país es el Centro Nacional Coordinador de Ensayos Clínicos (CENCEC), creado en 1991. En el mundo se hacen decenas de ensayos clínicos cada año, a cuyos participantes se les paga cientos o miles de dólares, según la duración y las características del estudio. En Cuba, la remuneración por arriesgar la salud se limita a la satisfacción personal de ayudar a los demás, o la esperanza incierta de recibir un tratamiento al que de otro modo no tendrían acceso.

Antes de comenzar un ensayo clínico, los posibles participantes deben recibir información veraz sobre la investigación, para que puedan decidir racional y libremente si participar o no. Esto es lo que se conoce como consentimiento informado, y los especialistas a cargo del ensayo deben asegurarse de que los participantes entiendan dicha información antes de firmarlo.

Según la Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial, el deber del médico es velar por la salud, bienestar y derechos de los participantes en investigación médica. El texto define que la responsabilidad de proteger a los participantes en la investigación debe recaer siempre en un profesional de la salud. Determina que todo estudio de investigación con seres humanos sea inscrito en una base de datos pública antes de aceptar a la primera persona, y que los investigadores tienen el deber de publicar los resultados de su investigación.

Al menos dos de las vacunas candidatas cubanas llevan el grandilocuente nombre de Soberana. Sin embargo, cuando la persona que participa en un ensayo clínico carece de conocimiento previo sobre este, su soberanía está limitada, pues esta depende de su capacidad de distinguir sus metas personales y actuar en consecuencia.

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