Recordando a Emilio Sánchez

Emilio Sánchez
Emilio Sánchez y una de sus obras. Collage CubaNet

MIAMI, Estados Unidos.- Hará 100 años el próximo mes de junio que naciera en la ciudad de Camagüey el pintor y grabador Emilio Sánchez, uno de los artistas de la plástica cubana del siglo XX más reconocidos en el mundo del arte. Nació en el seno de una familia acaudalada de azucareros que fundara su abuelo, Bernabé Sánchez Adán, en el siglo XIX. Sus biógrafos dicen que su infancia y adolescencia fueron privilegiadas. No obstante, Emilio no seguiría los pasos de sus predecesores. Por el contrario, decidió dedicarse a la pintura. Abuelo y padre habrán pensado que el muchacho estaba loco.

Ninguno de los dos hubiera imaginado jamás la notoriedad que alcanzaría un siglo más tarde Sánchez, hijo, ni que millones de personas conocerían su imaginario mediante una serie de cuatro sellos Forever de primera clase que el Servicio Postal de Estados Unidos acuñaría para marcar su centenario.

Sánchez
Sellos para USPS. Foto tomada de Internet

La influencia de la plástica le llegó a Emilio primero a través de su abuela, que lo animó a dibujar a temprana edad, y después de 1938 por su madre, que ese año se divorció de su padre y se casó de nuevo, esta vez con un reconocido pintor peruano, Felipe Cossío del Pomar, militante de la izquierda que se exilió en México. Cossío influyó en la decisión de Emilio de dedicarse a la pintura, pero no en el pensamiento político de su hijastro, quien no tardó en trasladarse a Nueva York a fines de los ’40, y definitivamente en 1952.

En los ’40 Emilio estudió en la Universidad de Yale y en la Universidad de Virginia, en el Art Students League de Nueva York y en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Columbia. Durante esos años también comenzó a exhibir su obra en galerías privadas de Nueva York, y en México. Ya en la década de los ’50, Emilio Sánchez era un artista conocido. Exhibió en El Lyceum de La Habana en 1956, y de ahí se asoció a la Galería Cubana de Pintura y Escultura. La crítica de arte neoyorquina aclamó su exhibición personal en la Galería Sudamérica de Nueva York en 1958.

En 1959 Emilio fue uno de los artistas incluidos en el Salón anual: Pintura Escultura y Grabado en La Habana, y allá también realizó su primera exhibición personal de grabados –Obras Gráficas–, en El Lyceum, aclamada por el público y por la prensa. A pesar de ese reconocimiento, Emilio decidió irse de Cuba definitivamente y desarrollar su arte fuera de la patria, convulsionada por los eventos desequilibrantes del castrismo del que discrepó desde el principio. Después de 1960, Emilio Sánchez jamás regresó a Cuba.

Sus logros lo convirtieron en un artista cotizado y admirado. Al mundo entero le transmitió su amor por el trópico, por los colores, la arquitectura, y la luz. Sus cubanísimos arcos de medio punto, sus casas amarillas, verdes y anaranjadas, rodeadas de ventanas con persianas y toldos geométricamente encuadrados dándole sombra a los interiores y reflejándose sobre fachadas y ambientes desiertos fueron su cuño minimalista. También lo inspiró la arquitectura y el ambiente del Mediterráneo, y más adelante, las bodegas y establecimientos del Bronx se vieron reflejadas en sus lienzos, siempre como expresión de las estructuras urbanas.

Su carrera se disparó en los años ’60, con exposiciones personales en Puerto Rico, Madrid, Houston, Nueva Orleans y Nueva York. En 1968 obtuvo la ciudadanía americana, y debe haberse sentido muy feliz, él que amaba a Estados Unidos profundamente… que se sentía orgulloso de ser “un americano de origen cubano”, aunque no por eso quiso o añoró menos a su Cuba querida.

Participó en muchísimas bienales en Europa y Latinoamérica y en infinidad de exposiciones colectivas y personales. Los curadores, académicos y críticos más importantes de Estados Unidos admiraron su obra, ubicándola junto a la de Edward Hopper, Georgia O’Keeffe, Jasper Johns y Andy Warhol, figuras cimeras del arte americano. En sus últimos años comenzó a perder la vista, aunque siguió creando hasta el final. Emilio murió súbitamente en julio de 1999, en Warwick, Nueva York, a los 78 años de edad.

La obra de Emilio Sánchez rompió barreras al ser incluido en las colecciones museológicas más importantes: el Museo Metropolitano de Arte –que posee 200 de sus dibujos y grabados–, el Museo de Arte Moderno, ambos en Nueva York; la Galería Nacional de Arte, el Museo Smithsonian de Arte Americano y el Museo de Arte de las Américas (los tres, en Washington, DC); el Museo de Arte de Brooklyn y el de Queens (ambos en Nueva York); los museos de Museo de Bellas Artes de Boston (MA), San Francisco (CA), Houston (TX) y Caracas; el Museo de Arte de Ponce, el Museo de Arte Moderno de Bogotá, y el de Cartagena; la Galería Nacional de Australia, y en múltiples museos de universidades prestigiosas como Syracuse, Notre Dame, Indiana, Michigan, y Virginia, entre otras.

Y sí: también está representado en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, si es que no lo han retirado de la colección como hicieron con docenas de artistas establecidos en la República que salieron al exilio, y fueron borrados de la historia del arte cubano por no acatar los parámetros culturales impuestos por el nuevo orden revolucionario.

Emilio Sánchez fue un hombre afable, cordial, íntegro, generoso. Dejó una fundación –que lleva su nombre– para otorgar becas a artistas jóvenes e instituciones culturales. Era un caballero camagüeyano-neoyorquino de la vieja escuela, todo un señor, todo un artista. Los que tuvimos el placer y el honor de conocerle personalmente nunca le olvidaremos. Cuando se construya en una Cuba democrática el ala de arte de la diáspora en el Museo Nacional, allí estará la obra de Emilio, para que su gente –¡al fin! – lo conozca.

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