¿Sigue siendo fascismo aunque sea incompetente?

El hecho de que, probablemente, el intento desesperado del 6 de enero de subvertir el derecho constitucional liberal se quede en nada refleja en gran medida el estado incipiente de esta fase del desarrollo del fascismo.

Lo que hemos estado viendo durante los últimos años son movimientos especulativos, incursiones experimentales que establecían los prolegómenos culturales y organizativos para la transversalización de una derecha violenta y extraparlamentaria. Por ejemplo, no hay Modi sin Gujarat ni Gujarat sin Ayodyah. Se necesita tiempo para formar las coaliciones de fuerzas, dentro y fuera del Estado, para introducir el culto a la crueldad y la violencia, erosionar el compromiso de la burguesía liberal con el liberalismo, desmoralizar a la izquierda y aterrorizar a las minorías. No estoy sugiriendo que la energía incipiente del trumpismo, que en las últimas elecciones demostró que se está expandiendo significativamente, sea equivalente al BJP/RSS (Partido Popular Indio/ organización paramilitar india) en su coherencia ideológica, claridad organizacional y profundidad social. No lo es. Establezco la analogía para señalar que ni siquiera estamos cerca del punto final de este fenómeno.

Esta irrupción armada en el Capitolio de Estados Unidos, instigada por Trump, y que complementa los esfuerzos de los senadores republicanos partidarios de Trump para anular el resultado de las elecciones, no podría haber ocurrido sin la connivencia de la Policía del D.C., con la participación del Departamento de Defensa. Si hubiera sido cualquier otro movimiento de protesta, habrían sido repelidos, y brutalmente, con una violencia máxima y desproporcionada. Este es el estado que bombardeó la sede de MOVE y lanzó proyectiles contra el rancho de Waco. En cambio, la policía del D.C. retiró las vallas, permitió que la extrema derecha armada irrumpiera en el Capitolio y se quedó mirando mientras iban buscando políticos electos para enfrentarse a ellos. ¿Y después qué? Permitieron que se convirtiera en un tiroteo real, en el que al final dispararon a una mujer en el cuello. Pidieron apoyo de la Guardia Nacional, en respuesta a lo cual el Departamento de Defensa trató de ganar tiempo alegando que lo estaban «sopesando». Hasta que no tuvo lugar una violencia casi letal no se envió a la Guardia. El Pentágono, por supuesto, está bajo el mando del secretario de Defensa Christopher Miller después de que su predecesor, Mark Esper, fuera destituido el 9 de noviembre por oponerse a Trump. Esper fue uno de los exfuncionarios del Pentágono que advirtieron sobre la posibilidad de un golpe.

Mi conjetura es, obviamente, que el Pentágono se paralizó bajo la presión de Trump, para poder ofrecerles a sus muchachos la experiencia completa del Putsch de Múnich.

La alianza entre la extrema derecha, la Policía y una facción en el poder ejecutivo se ha consolidado en repetidas ocasiones a través de campañas callejeras violentas bajo el mandato de Trump: en protestas contra el confinamiento, en la vigilancia parapolicial anti-Black Lives Matter y en los fuegos incontrolados de Oregón. La dialéctica entre la violencia callejera y la represión estatal autoritaria hacia los enemigos de la derecha ha sido una parte visible de la estrategia de Trump. Y esa dialéctica de radicalización mutua —tan esencial para el fascismo en su fase de madurez— dignificada por la histeria anticomunista, desempeñó un papel fundamental en la expansión de sus bases en las elecciones de noviembre. Hay que tener en cuenta que si los resultados hubieran sido aún más ajustados de lo que fueron, estas protestas serían mucho mayores y más peligrosas. Un motivo fundamental por el que en estas protestas participan miles de personas, y no decenas de miles, es que el resultado fue lo suficientemente concluyente como para desmoralizar. Si ese no hubiera sido el caso, los desafíos legales, complementados con llamadas telefónicas amenazadoras de Trump y flash mobs armados, habrían hecho que los disturbios de Brooks Brothers parecieran un picnic.

Este golpe desesperado será tan fácil de contener como los numerosos y vejatorios desafíos legales y políticos de Trump al resultado electoral. La derrota republicana en Georgia, probablemente acelerada por la misma intransigencia ideológica que les costó las elecciones nacionales, se sumará a la desmoralización de la derecha. La desmoralización está desmovilizando. Sin embargo, el trasfondo de la ira, el mito de la traición («nos han robado las elecciones») y la realidad alternativa de Trump, que es ampliamente compartida por los votantes republicanos, serán alimentadas en los próximos años por una elaborada y hábil industria de la desinformación a través del entretenimiento por parte de la extrema derecha. La principal industria en crecimiento que saldrá de eso incluirá dos fuerzas: los pistoleros lobos solitarios y la vigilancia parapolicial conspiracionista. Esta última —desde el pizzagate hasta el partidario de QAnon que disparó a un mafioso, desde el atentado del 5G de Nashville hasta el farmacéutico que saboteó deliberadamente las vacunas y luego las suministró a los clientes basándose en teorías conspirativas contra las vacunas, desde el atentado ficticio de Infowars hasta los justicieros de Oregón y las milicias anti-Black Live Matter— está arraigada en la tradición estadounidense.

Se trata de un fascismo incipiente, un fascismo en su fase experimental y especulativa, en la cual está formando una coalición de fuerzas populares minoritarias con elementos del ejecutivo y el ala represiva del Estado. Sería devastadoramente estúpido, complaciente más allá de lo creíble, esperar que la democracia de Estados Unidos se mantenga lo suficientemente estable en los próximos años como para negarle a este incipiente fascismo más oportunidades de solidificarse y crecer. No me digan que la burguesía de Estados Unidos nunca apoyará el fascismo porque la democracia liberal está funcionando bastante bien. No me digan que el fascismo no se afianzará en una sociedad en la que la izquierda ha sido débil durante décadas y gran parte del movimiento obrero apenas tiene pulso. Estos aspectos son irrelevantes. El fascismo nunca crece en un primer momento porque la clase capitalista se una a él. Crece porque alrededor de su núcleo atrae a aquellos a quienes Clara Zetkin describió como «los políticamente desamparados, los socialmente desarraigados, los desposeídos y desilusionados». Y el fascismo incipiente ha demostrado, desde la India hasta Filipinas, que no necesita un comunismo fuerte contra el que reaccionar: la hipótesis de Ernst Nolte era incorrecta. Existe una necesidad urgente de un movimiento antifascista en los Estados Unidos.

*Autor: Richard Seymour (escritor y teórico político norirlandés).

**Artículo tomado de Ctxt, en la traducción de Paloma Farré. Fue originalmente publicado en inglés por Patreon.com.

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