Utopías prohibidas: Una arquitectura cubana que se quedó en los planos 

MADRID, España. – Cuando se hace un balance de la arquitectura cubana de principios de la década de 1960 hasta la fecha, los ejemplos sobresalientes son tan escasos que se puede aseverar que muy poco se ha construido en este periodo. La capital de la Isla ofrece, sin embargo, la imagen de una ciudad trazada y pensada con gusto y, sobre todo, con suficientes medios. Desde el siglo XIX hasta mediados del XX abundan edificios y casas en donde los arquitectos mostraron una enorme creatividad y se esmeraron en dejar su huella en un producto que todavía provoca admiración tanto por su calidad y armonía como por su originalidad. 

Muy a menudo, se compara a La Habana de hoy con una ciudad detenida en el tiempo. En contraste con las restauraciones puntuales de edificios valiosos del periodo colonial ―que en general formaban parte del plan de restauración de la Oficina del Historiador de la Ciudad― abundan los derrumbes, ocasionados por el abandono y los edificios en pésimo estado que terminan por ser demolidos. Entre los que se han ido cayendo por la falta de reparaciones se encuentran edificios como el Alaska (el más antiguo de La Rampa, construido en 1922 en la esquina de 23 y M y demolido en 2003) y el otrora Hospital Municipal de la Infancia, luego Infantil Pedro Borrás (cerrado en 1988 para ser restaurado y finalmente demolido en 2015, sin que importase la calidad de su arquitectura art déco de 1933, diseñada por la firma Govantes y Cabarrocas).

Hospital Infantil Pedro Borrás: réquiem por un coloso

Hojeo la relativamente bien documentada Guía de Arquitectura de La Habana, publicada en Sevilla en 1988 con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional y constato la pobreza de ejemplos posteriores a 1960. Aparecen las Escuelas Nacionales de Arte (1961-1965, de Ricardo Porro, Vittorio Garatti y Roberto Gottardi, en cierta medida inconclusas por ser la de Artes Plásticas la única que se terminó), el Conservatorio Alejandro García Caturla de Marianao (1961), el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Cubanacán (1966), el edificio llamado “Girón” (Malecón y F, 1967), el Parque Lenin y sus instalaciones (1972) y el Palacio de las Convenciones (construido en 1979 por Antonio Quintana), entre dos o tres fichas más de edificios que no vale la pena citar, como la Escuela Vocacional Lenin o la llamada CUJAE, que no tienen elogios que recibir.

Cualquiera que visite La Habana se preguntará qué se ha hecho en las últimas seis décadas, dónde está la arquitectura de la llamada “Revolución”, y en qué se ha invertido desde el punto de vista arquitectónico que no sea en edificios de módulos prefabricados o microbrigadas, escuelas a la soviética (las llamadas ESBEC) en los campos u hoteles de mal gusto (como el Neptuno y el Tritón). Y recientemente, tras la fiebre turística de los albores del siglo XXI, en complejos hoteleros que recuerdan a los menos atractivos de Cancún.

He hecho este breve recuento porque acabo de visitar en Palma de Mallorca, exactamente en el viejo Baluarte del Príncipe, un viejo fortín del siglo XVI rehabilitado para acoger al Museo de Arte Contemporáneo Es Baluard, una excelente exposición de arquitectura titulada “La utopía paralela. Ciudades soñadas en Cuba (1980-1993)”, abierta hasta el 16 de septiembre próximo. Se trata de un tema sobre el que el Centro de Imagen La Virreina (Barcelona) ya realizó una muestra en 2019, en el contexto del arte cubano de la década de 1980.

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El fortín Es Baluard de Palma de Mallorca, sede del Museo de Arte Moderno (Foto del autor)

Los curadores ―el ensayista cubano Iván de la Nuez, radicado en Barcelona, y los arquitectos, también cubanos, Teresa Ayuso Vega y Juan Luis Morales Menocal, quienes fundaron en París, donde viven y trabajan, el Atelier Morales― delimitaron el periodo de las obras expuestas entre la crisis migratoria del Mariel (1980) y el momento en que se autoriza a los cubanos la tenencia de dólares (1993), una medida que ponía fin a años de prohibiciones en este sentido y al hecho de que poseer divisas extranjeras implicaba condenadas a años de prisión.

Antes de la liberación del dólar los arquitectos Héctor Laguna, Teresa Luis y Oscar concibieron la obra “Se formó el cuchún”, como forma de adelantarse a lo que pensaba se vería después de la caída del comunismo en la Unión Soviética y países satélites del Este. Aunque también a lo que se veía venir: la apertura de la Isla al turismo de masas bajo el control de los militares. “Cuchún” es una palabra del argot cubano que evoca desorden y relajo. La frase que da título a esta obra predice lo que realmente sucedió con la llegada del llamado Periodo Especial, la moneda convertible, la construcción de infraestructuras improvisadas para aumentar la capacidad hotelera y la conversión al turismo como primer rubro de la economía del país en detrimento de la agricultura y otros sectores.

La muestra, dividida en siete capítulos, comienza con un preámbulo a la fecha de 1980. Se muestran proyectos de Gilberto Seguí que dan continuidad a otros que le precedieron en las décadas de 1960 y 1970, concebidos por Walter Betancourt Fernández. La obra de este arquitecto, nacido en Estados Unidos de familia holguinera exiliada en Tampa durante las guerras de independencia (los llamados “tampeños”), y establecido en Cuba desde 1961, sobresale por su originalidad, así como por la ruptura con lo que hasta la fecha se había hecho. Además de la cafetería Las Pirámides (Santiago de Cuba, 1966) y de la Estación Experimental para la Repoblación Forestal de la Sierra Maestra (Guisa, 1971), Betancourt es conocido por su Centro Cultural de Velasco, en un poblado pequeño a medio camino entre las ciudades de Gibara y Holguín, que, como si de la Ópera de Manaos se tratase, asombra no solo por su excelente factura, sino por lo descabellado de la idea. El Centro había surgido por el entusiasmo de Félix Varona Sicilia, un habitante del poblado y aficionado al teatro, que soñaba (un poco a la Luis de Baviera) con algo inusual en ese contexto: un teatro casi isabelino en un pueblo rural sin importancia, con planta alambicada de geometría improbable, alternancia de ladrillos, tejas, vidrieras, rosetones y hasta un torreón. Junto a las Escuelas de Arte de Cubanacán, el Centro fue una de las pocas utopías post 1959 que pudieron concretarse. A diferencia de las primeras ―que permanecieron parcialmente inconclusas―, el edificio de Betancourt pudo ser terminado en 1991, después de la muerte de su autor, en 1978, gracias al arquitecto Gilberto Seguí (exiliado hoy en París), quien era su amigo personal y colaborador. 

A partir de este capítulo introductorio, los restantes seis se centran en proyectos de arquitectos y estudiantes cubanos que nunca llegaron a realizarse, y que de haber sido aprobados hoy hablaríamos de la arquitectura posterior a 1960 en otros términos.

Sobresale la obra de Francisco Bedoya (1959-2002), fallecido prematuramente en Madrid, a quien se le dedica parte del segundo capítulo, con obras que pretendían recuperar una Habana perdida, de la que nada quedó, ni siquiera en los planos, y para cuya reconstitución recurrió a las descripciones técnicas de algunos documentos de archivos. El tema fue también abordado por Patricia Rodríguez y Felicia Chateloin, de quienes se expone un plano para la rehabilitación de la Plaza Vieja (retomado por el Es Baluard para el afiche de la exposición), diferente de lo que finalmente se adoptó luego.

Una sala de Es Baluard. Expo “La utopía paralela”, capítulo 5 “Guantánamo última forntera de la Guerra Fría” (Foto del autor)

Le sigue la idea de hacer que la ciudad crezca hacia arriba, una solución al grave problema de la vivienda y también una alternativa diferente a los barrios de edificios de microbrigadas. Sus exponentes deseaban aprovechar, cuando las estructuras y el urbanismo lo permitían, las azoteas de La Habana, coronándolas de habitaciones que no rompieran con la armonía del entorno y del soporte. Como muy bien apunta Iván de la Nuez en el texto del catálogo, estos jóvenes buscaban “traspasar el liderazgo de las decisiones urbanas a los propios integrantes de la ciudad que habían llegado a tener una relación pasiva y casi fatal con su entorno”. Son proyectos a cargo de Juan Luis Morales, Teresa Ayuso, Rafael Fornés, Ricardo Reboredo, Emilio Castro, Eliseo Valdés, Rosendo Mesías, Florencio Gelabert, Lourdes León y Rolando Paciel que dan participación al ciudadano en la ampliación vertical de la ciudad como solución ante la inercia estatal.

Bajo la influencia de la perestroika soviética, se llevaron a cabo performances, acciones artísticas y, como bien recuerda de la Nuez, hasta una huelga de arte. Fueron los años del proyecto Castillo de la Fuerza, de exposiciones atrevidas como “Nueve alquimistas y un ciego”, y de ilusiones que acabaron ante la negativa del Gobierno cubano de efectuar cualquier cambio. La inminencia de un viraje político y económico (que nunca se produjo) llevó a los arquitectos María Eugenia Fornés y Ramón Enrique Alonso a pensar otra ciudad para Guantánamo y Caimanera, y la última frontera de la Guerra Fría en América que no tendría motivos para seguir existiendo una vez que ocurriera el deseado deshielo. 

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Andar el Malecón, (1989), obra de Juan Luis Morales, Teresa Ayuso y Francisco Bedoya (Foto del autor)

Además de esa frontera real, los jóvenes arquitectos se preocupan por otra, esta vez de cemento y agua, y que durante las cuatro décadas que les precedían se había convertido en el muro de La Habana. Se trata del Malecón, un paseo marítimo de flujo incesante cuando los barcos entraban y salían libremente con los nacionales a bordo. Tratan entonces de adelantarse a lo que será una utopía más: una vitrina de la ciudad con un nuevo skyline que respete lo que ya se ha construido y restaure lo que se había dejado caer. Hay proyectos de Héctor Laguna, Juan Luis Morales, Teresa Ayuso, Hubert Moreno y Gilberto Gutiérrez, entre otros. Aparece entonces “Andar el Malecón”, una obra de Morales y Ayuso y “Cinturón de fuego”, con la que Rosendo Mesías proponía burlonamente la construcción de un “congódromo” (de la palabra conga) en el Parque Maceo, a sabiendas de que se avecinaba una época de gran incertidumbre.

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Proyecto Cinturón de Fuego y Congódromo, del arquitecto Rosendo Mesías (Foto del autor)

Finalmente, se cierra el paseo por esta arquitectura de planos y papel (que no solo nunca se ejecutó, sino que se ignoró del todo) con un guiño a la ciudad invisible, otra utopía más que parte de la novela así titulada de Italo Calvino y del nacimiento accidental de este escritor italiano en el poblado de Santiago de las Vegas, en las afueras de La Habana. Una obra que funciona como un cómic y en la que por primera vez el Atelier Morales trabaja en binomio para parodiar los viajes de Marco Polo, tal y como sucede en la novela, y sus evocaciones de ciudades paradisíacas en oposición a ciudades infernales. Pero para recordar también que, incluso del infierno, siempre algo puede y debe salvarse.

De la misma manera que desde dentro de la Isla nunca se dio visibilidad a estas ideas, los museos, libros y artículos a escala internacional tampoco las mencionaban. La complicidad de Imma Prieto, directora del Museo, ha sido esencial para que la muestra llegara a las Baleares y se exhibiera en la institución de arte contemporáneo más prestigiosa del archipiélago. 

Lo interesante es que no se trataba de un urbanismo disidente, sino de esbozos y trazados que pedían a gritos ser incorporados a los planes nacionales de construcción y reconstrucción, pero que resultaron completamente ninguneados ―y por qué no, censurados― por la propia oficialidad.

Con independencia de la muestra, pero sin dudas influido por esta, Es Baluard se ha solidarizado con el Movimiento San Isidro y el grupo 27N, de jóvenes artistas cubanos que plantaron cara recientemente al Ministerio de Cultura para exigir respeto y libertades. La institución lo hizo mediante un comunicado para celebrar el Día Internacional de los Museos. Una especie de revancha para todos estos arquitectos que en su tiempo fueron ignorados, aunque también para la historia de la arquitectura cubana de las últimas seis décadas.

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